• Ana Larraz Gale

Navidad


Ernestina volvió a su casa derrotada psíquica y físicamente, llevaba muchas horas fuera, trabajando de limpiadora en una residencia de ancianos.

Lo primero que hizo al entrar fue buscar el tubo de vitaminas que le había recetado el doctor del centro, harto de ver cómo perdía peso. Sentía que las necesitaba. Su vivienda estaba en el cuarto piso de un edificio sin ascensor y las escaleras le habían dejado hecha polvo.

Sonrió recordando la cara de preocupación del médico, incapaz de localizar la enfermedad que le hacía adelgazar tan rápidamente. A ella se le había “olvidado” comentarle que su extrema delgadez se debía a que su hijo se gastaba la mayor parte del dinero que entraba en la casa en heroína; lo cierto es que le quedaba muy poco para comer y su cuerpo lo estaba evidenciando, pero su dignidad le impedía contarle ese detalle al facultativo.

Se las tomó acompañadas por un vaso de ginebra que descubrió en el cuarto del joven y que le ayudó a entrar en calor. A continuación, ilusionada, se puso a buscar entre los muchos trastos que se amontonaban en la cocina, un papel para envolver el único regalo que había podido encontrar para su hijo Miguel. Era un libro para aprender a pintar desnudos que después de mucho buscar localizó en una tienda de segunda mano. No es que el muchacho fuera muy hábil con los lápices, pero cuando estaba con el mono, cosa que sucedía cada vez más a menudo, parecía que se tranquilizaba rellenando papeles con dibujos que solo él era capaz de interpretar.

En cuanto acabó, sacó de la nevera el lomo de cerdo que la vecina del piso de abajo le había traído de regalo al volver de su excursión a Córdoba, y con prisas, lo metió en el horno.

Iba con retraso. El reloj del electrodoméstico le informó de que ya eran las siete de la tarde.

Se apresuró al verlo, necesitaba un par de horas más para que todo estuviera a punto. A su muchacho no le gustaba esperar y ella estaba dispuesta a hacer lo que fuera para evitarle cualquier contrariedad. Miguel le había prometido que iría a compartir con ella la cena de Navidad y que a las nueve de la noche estaría allí.

Cinco horas más tarde Ernestina seguía sentada a la mesa, contemplando las dos bolas de Navidad que había colocado en el centro. Mientras, el lomo continuaba en el horno esperando a que alguien fuera a por él.

Pero, a la triste mujer que lloraba en silencio, se le habían pasado las ganas de comer. Solo podía pensar en cuál de todos los portales que solía frecuentar su hijo, estaría tirado el joven aquella noche.

Volvió a mirar los adornos navideños y sin pensarlo más se levantó, sacó del armario un recipiente de plástico, metió en él el asado, se puso su raído abrigo y salió en busca de Miguel.

No estaba dispuesta a tirar la toalla, y menos en una noche como aquella. Lo iba a encontrar y, a pesar de él, cenarían juntos y compartirían los momentos más bellos del año. Era Navidad y quería pasarla con su hijo.

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© 2016 por Ana Larraz Galé. 
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