1 de noviembre de 1933.Todos los Santos.

10/30/2018

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El 1 de noviembre cayó en lunes y el ayuntamiento no declaró festivo el día de Todos los Santos, así que los niños tuvieron que ir a la escuela.

 Rosalía decidió que Aurora y Maribel ya sabían mucho y podían tener fiesta y, desde por la mañana, arregló a sus tres hijas y se fue a casa de su madre con las niñas vestidas de domingo. Lo mismo hicieron Felisa con Pepe y Rafaelito, y Apolonia, la mujer de Angelón, con sus cuatro chicos. Según decían las tres, es día era para pasarlo en familia, así que Francisca tuvo a la familia al completo a comer en su casa, pero no hubo problema: todas las mujeres se enfrascaron desde muy temprano en preparar la comida para aquella gran tropa.

―Date prisa, Carmen ―le pidió Felisa a su hermana―, si no vendrá Ángel a buscarte antes de que hayas terminado de preparar las natillas y las dejaras a mitad de hacer…

―¿A qué viene tanta prisa? La misa en el cementerio es a las once.

―¿Pero no has oído a madre? Ha dicho que vamos a ir a la de las diez; a la de la parroquia. Le da miedo que no dejen hacer la celebración en la ermita del cementerio y nos quedemos sin nada.

―¡Lo podía haber avisado! Le dije ayer a mi novio que viniera a las diez y media para subir a oír la misa en Santa Bárbara, en el Camposanto y, después, hacer la visita a los muertos. ¡Que para eso estuvimos antes de ayer limpiando las lápidas! ¿Qué es eso de que ahora vamos a ir a la parroquia?

―Porque dice padre que el alcalde ha ordenado que nada de celebrar misa en el cementerio, que ahora es laico y pertenece al ayuntamiento, y que la ermita está para guardar las cosas de los enterradores; así que no sabemos si al final se hará celebración o no. Y como no quiere que nos quedemos sin misa, pues ha dicho que a las diez iremos a Santa María y luego subiremos a la del cementerio, si es que hay.

―¡A mí nadie me cuenta nada! ¡Parece que no vivo en esta casa! ―se enfadó Carmen―. ¿Y ahora qué hago yo? ¿Cómo aviso a Ángel?

―No te preocupes ―le dijo Antonio, que estaba terminado de desayunar―, tú sigue preparando las natillas de Todos los Santos y, si prometes ponerme más suspiros que a nadie, le aviso y a las diez lo tienes aquí para que te acompañé.

Carmen le dio las gracias. Le aseguró que tendría ración extra y ya más tranquila, siguió montando las claras de huevo para que su hermano tuviera sus deseados suspiros. Ángel iba a comer con ellos y eso ya era suficiente para que estuviera feliz.

―Si quieres, después de almorzar nos vamos a las eras con los chicos para que jueguen un rato ―le propuso Felisa.

―Yo también iré si os animáis. Aún no hace frío y Aurora y Maribel se han traído la comba para ir a saltar. Les podemos dar la merienda allí y así Nelia toma un poco el aire, que pasa muchas horas dentro de casa ―dijo Rosalía, que estaba preparando el asado.

―Yo no puedo ―comentó Apolonia―. Voy a llevar a los chicos a ver a mi madre, que hoy no hemos pasado por su casa aún.

―No te preocupes, te vienes otro día.

―¡Vale!, pero volveremos pronto ―contestó después de pensarlo un momento la joven pastelera―. Ya sabéis que Ángel a las seis regresa del café, y queremos ir al cine. Como el baile está cerrado…

―Y, ¿qué te crees? ¿Que el cine no? Olvídate, ¿no ves que hoy no es fiesta? Los únicos que la celebramos somos los cristianos, para los demás es un día normal. ¡Si hasta los comercios han tenido que abrir!

―¿Tú crees, Felisa? ―le preguntó Francisca, que estaba preparando sopa ilustrada―.

 Si es así, dile a María que vaya a casa de Perico Latorre y que traiga unos pasteles cafeteros de esos tan ricos que hacen; a tu padre no le gustan muchos las natillas.

―Justo ha ido a elegir uno de los pocos sitios que sé que cierran ―le informó su hija pequeña, que estaba poniendo la mesa y en ese momento entraba a por los platos.

―Mira a ver si la confitería de Conget está abierta y, si no, déjalo. Lo tenía que haber pensado ayer…

―Voy a ver. Enseguida vuelvo. No le voy a dejar a padre sin el gusto.

Y la niña se fue a hacer el recado.

―¡Carmen! Deja unas natillas sin suspiros por si no encontramos pasteles, que a tu padre parece que le gustan más sin nada ―le pidió Francisca.

La chica así lo hizo, mientras no dejaba de pensar en las cosas tan extrañas que les hacía hacer su madre.

―¡Mira que tener que oír dos misas seguidas! ¡Y ponerse a buscar pasteles el día de Todos los Santos! Tiene cada cosa…

Al cabo de un rato María llegó cargada con los pastelillos. Eran de Perico Latorre.

―Lo he visto abierto y he entrado ―le contó al resto de la familia―. Me ha dicho que les han obligado a abrir, que ha ido el alguacil con una nota en la que decía que el establecimiento que cerrara sería multado.

Todas se pusieron a comentar lo injusto de la orden, hasta que a las diez de la mañana emprendieron la marcha. Ángel pasó a buscar a su novia y juntos se fueron a la iglesia.

―Cualquier día nos ponen una multa por ir en procesión ―le susurró el mozo, muy bajito―. ¿Te has dado cuenta de cuántos somos?

Carmen se rio ante la salida de su novio, pero no dejaba de reconocer que era verdad. Angelón, con su mujer y los cuatro chicos; Rosalía, Pascual y las tres niñas; Felisa y José con Pepe y Rafaelito, don Ángel y Francisca y por último Antonio, María y ellos dos. Y para colmo, al salir de casa, se encontraron en la puerta con su tío José y su familia, así que cuando dieron la vuelta a la esquina de Berroy eran veinticinco personas las que se dirigían todas juntas a la iglesia, pasando por delante de los que les observaban con muy mala cara.

 Al pasar por la puerta de la pastelería La Moderna vieron un papel que decía: «Cerrado, volvemos dentro de una hora»; estaba claro que Perico Latorre y los suyos se habían ido a la iglesia.

 

En cuanto la misa terminó, el párroco, antes de despedirlos, los citó en el cementerio.

―Hoy, como siempre, celebraremos la misa por todos los muertos en la Ermita de Santa Bárbara ―les dijo―, y espero que. como cristianos que somos, todos sepamos lo que debemos hacer.

No hizo ninguna alusión a la prohibición de la que hablaba la gente. Sus feligreses entendieron que pensaba hacerla de cualquier modo, o que no existía la famosa orden. Sin pensarlo mucho, los reunidos en el templo salieron hacia la ermita; eso sí, en grupos dispersos para que no les pudieran acusar de ir en procesión y les multaran.

Cuando llegaron, el cementerio estaba lleno. El Estado podía decir que era un día de trabajo, pero todos los taustanos estaban acostumbrados a honrar a sus muertos el 1 de noviembre y nadie podía quitarles sus prácticas fácilmente. Cristianos y no cristianos, todos habían ido a llevar flores a sus difuntos.

 

La antigua tapia que separaba las tumbas de los católicos de las del resto ya no existía y el cartel de la entrada donde ponía «Cementerio Municipal» era nuevo, pero las lápidas aparecían limpias y relucientes como siempre ocurría ese día. La única diferencia era que la ermita estaba cerrada con un gran candado, y mosén Manuel no tenía la llave.

Todos los que se encontraban allí esperaron a ver qué pasaba y, entonces, una pareja de la Guardia Civil se acercó al sacerdote y le explicó que tenían orden de impedirle utilizar la Ermita.

El párroco, que conocía mucho al teniente que le estaba informando, le preguntó que si sus órdenes decían algo de que la gente no pudiera rezar fuera de la iglesia. El guardia esbozó una sonrisa y le dijo que no, que sus órdenes eran muy concretas respecto a la ermita, pero nada más. Entonces, mosén Manuel llamó a los monaguillos que le acompañaban y sacaron un altar plegable, de los que se utilizaban para hacer misas de campaña. Sin más preámbulos, llamó a sus feligreses e inició la celebración en mitad del cementerio, entre las lápidas de sus convecinos.

La gente no salía de su asombro. Por una vez, el cura había sido más listo que el alcalde y, muy orgullosos de su párroco, prestaron atención a esa liturgia tan original.

Cuando terminó y el sacerdote les dio la bendición, se apresuraron a volver a casa. Alguien había dicho que venían de camino dos alguaciles a tomar nota de los asistentes para ponerles una multa, y nadie tenía ganas de pagar por ser católico; así que, antes de que llegaran, se marcharon.

 

La familia de Carmen se volvió a casa, ya eran más de las doce y querían comer a la una. No había tiempo de tomar el aperitivo. La comida fue muy alegre; estaban satisfechos de haberse salido con la suya, cosa que últimamente no pasaba.

Francisca puso una mesa en la cocina para sus seis nietos. Fueron los primeros que comieron, dejando así que los mayores almorzaran tranquilamente.

―¡Qué acertado ha estado el párroco! ¡No dijo nada a nadie de sus intenciones! ¡Por eso le ha salido tan bien su idea!

―Sí, solo que usted nos ha hecho oír misa dos veces seguidas ―le reprochó Rosalía.

―No te quejes, hija. Mañana, por ser día de las ánimas, tenemos que ir a tres misas por obligación, así que imagínate que hoy también era precepto.

―Sí, claro. Pero iremos a misa de alba, que es a las seis de la mañana; a la de monjas a las ocho, y a misa mayor a las diez. Entre una y otra hay por lo menos una hora, ¡pero es que hoy han sido las dos seguidas!

―Deja de quejarte, Carmen. Alégrate de que has podido rezar por los difuntos como debe ser, que seguro que ellos te lo agradecerán. ¿Cómo íbamos a dejar pasar el día de hoy sin oír misa en el cementerio? ¡Qué inteligencia la del párroco!

Y así, entre alabanzas y loas a mosén Manuel y a lo rica que estaba la comida, trascurrió el almuerzo.

―Se habrá puesto bueno el alcalde cuando se haya enterado ―le comentó Carmen a su novio mientras lo despedía. Se iba con el resto de los hombres a tomar café―. Ya verás cómo el año que viene las órdenes de la Guardia Civil serán más claras y no nos dejarán ni entrar.

―Hasta el año que viene vete a saber lo que pasará. No te olvides que el día 19 tenemos elecciones, y te aseguro que esto va a dar un cambio muy muy grande―le contestó el mozo.

―¿Tú crees?

―Te lo aseguro, Carmencita. Además, recuerda que en esta ocasión también voto yo, y esto pesará mucho en el resultado.

Carmen le cerró la puerta mientras se reía de las ocurrencias que tenía su novio.

―¡Que tendrá que ver que vote él para que ganen los nuestros! ―se quedó pensando.

Las chicas terminaron de recoger y, después, tal y como lo tenían previsto, se fueron a las eras para que los críos saltaran y brincaran con el resto de los niños. Como estaban tan cerca del cementerio, aún les dio tiempo de subir a dar otra vuelta y visitar a sus parientes.

Francisca se quedó en casa preparando castañas cocidas y guardó un montón para hacerlas asadas. Sabía que al novio de Carmen le gustaban así y quiso tener esa deferencia con el chico.

Antes de las seis, las mujeres y los niños ya estaban de vuelta. Había empezado a hacer frío y todos recordaron las castañas que seguramente su madre había preparado, así que se quedaron en casa esperando a los hombres

―Carmen, está todo cerrado. No hay cine ni nada ―le informó Ángel cuando volvió.

―Pues, si quieres, no salimos y nos comemos las castañas.

No hizo falta decir más, todos aplaudieron la idea y acabaron preparando una merienda cena.

 A las diez, como siempre, cada cual se fue a su casa.

 María y Carmen, como último trabajo del día, ayudaron a Francisca a preparar en un bol, las lamparillas que había que dejar encima de la mesa de la cocina. Era la Noche de Ánimas y esas lucecitas servían para que los muertos salieran pronto del purgatorio y llegaran al cielo. Con ellas encendidas durante toda la noche, creían que ayudaban a los muertos en su tránsito.

―¿Tienes miedo, Carmen? ―le preguntó María a su hermana cuando ya estaban dentro de la cama.

―¿Yo? ¿Por qué? ¿Por las ánimas? Esas no hacen nada. A los que tenemos que temer es a los vivos, que sí nos pueden dañar.

Y dándose la vuelta, la chica se encomendó a Dios como hacia siempre, y se durmió.

 

 

 

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