Llegó la Navidad.

12/23/2015

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Capítulo 15 de la novela "La Fotografía. Historia de un soldado"

 

El día veintitrés, Melero subió al monte y antes de irse a su cabezo, fue a ver a su paisano.
―Te tengo que contar una cosa.
―No me iras a decir lo de la muerte del que inventó el autogiro, que eso ya lo he leído. Seguro que los rojos que están en Inglaterra, le pusieron una bomba en el avión para vengarse por la ayuda que le prestó a Franco; por eso estalló.
―No hombre no. ¡Si esa noticia   ya es vieja! El pobre murió el día nueve y no fue una bomba sino un accidente.
―Pues yo lo he leído hoy en la prensa; fíjate si nos la suben atrasada.
―Déjate de periódicos y escucha: ¿A que no sabes a quién me he encontrado en el campamento?
―Pues no, pero me parece que lo voy a saber muy pronto.
―A Mochila, al hijo del guardia de Guallar, al Juano, a Santiago el Violinista y a Barellos.
―Y ¿qué hacen todos ésos aquí?
―Se apuntaron a falangistas y los han mandado a nuestra posición.
―¡Lo vamos a pasar en grande cuando nos toque estar  en el pueblo! Con tanto taustano va a parecer que estamos en casa.
―Mochila me ha dado una carta de tu mujer; dice que pasó por tu casa para ver si querían algo y ella se la dio.
―¡Pues mira que has tardado en decirlo! ¡Haber empezado por ahí! ¡Venga, entrégamela, no vaya a ser que pase algo!
El soldado rompió el sobre sin poder contener su impaciencia. Imaginaba que no serían malas noticias, le habrían puesto un parte si así fuera; pero, aun así, estaba intranquilo. 
―Gracias a Dios no hay que preocuparse ―informó a su amigo que se había quedado esperando las noticias―. Mi mujer me dice, que el día veinticinco, ella, la cría y sus padres, van a ir a comer con Antonio a Fuentes para celebrar la Navidad. Me avisa para que pida permiso y pueda ir yo también. Que si no puedo, hacen el cambio y se vienen todos a Quinto.
Ángel se emocionó mientras leía la carta de Carmen. Desde que había vuelto de casa, no dejaba de preguntarse cómo iban a ser las Navidades en el frente. No lo había querido hablar con sus compañeros, aunque estaba seguro de que todos tenían el mismo pensamiento. Iban a ser unos días muy difíciles, tanto para ellos como para sus familias. Se había rumoreado que el mando estaba intentando llegar a una tregua, pero nadie lo creía posible.
―Total, los de enfrente no creen en Dios, así que seguro que no celebraban las fiestas ―decían los soldados cuando hablaban del tema.
 Él se había traído de casa alguna cosa para tomarla con los amigos que se quedaran, con los que no consiguieran permiso. Ya se había hecho a la idea de que iban a ser unas fechas muy tristes; pero ahora, el saber que por lo menos el día de Navidad iba a poder celebrarlo en familia, hizo que su cara se iluminara y su ánimo cambiara.
―Melero, te dejo que tengo que ir a buscar al capitán. Si mi familia va a venir el viernes tengo que conseguir que me dejen ir a Fuentes.
―Vale amigo. Me alegro mucho por ti. Corre, que lo he visto por donde están las ametralladoras. Pero antes escucha que te quiero decir una cosa. Yo había pensado que mañana, como es día veinticuatro, podíamos cenar todos los amigos juntos: los de Sádaba, Pedroche, el sargento Martínez, Francisco, tú y yo. Seguro que en el campamento lo celebrarán de alguna manera, pero aquí en el monte, poca cosa vamos a tener.
―Cuenta conmigo. Festejaremos el nacimiento del Señor como debe ser, pero luego lo hablamos, no se me vaya a ir el capitán de permiso y me quede sin mi comida familiar.
El soldado no paró hasta que lo encontró. Estaba donde le había dicho su amigo. El oficial no puso objeciones; la única condición era, que debía estar a las seis de la tarde en el campamento para que le diera tiempo a subir al monte y pasar la noche en la posición junto a su escuadra. 
―Mande a poner el parte a su mujer; dígale que no hay problema y felicítele las Navidades en mi nombre. Me alegro mucho por usted ―se congratuló el oficial.
Muy satisfecho, Ángel fue a buscar al soldado que subía y bajaba todos los días con los recados y le dio el suyo. Luego, muy contento, corrió a buscar a sus amigos para organizar la cena del día siguiente.
―Yo tengo permiso ―les sorprendió Julián―. Me voy mañana temprano y regreso el veinticinco por la tarde.
―Pues igual nos vemos a la vuelta. Mi familia cogerá un taxi en Tauste hasta Fuentes y yo acudiré en el tren y del mismo modo volveré. Tengo que estar aquí antes de las seis. Pensaban venir a buscarme con el coche, pero el taxista dice que le da miedo llegar, que de Fuentes no pasa ―les explicó el soldado a sus amigos.
―Pues entonces nos vemos en el tren y así saludo a los tuyos.
―A mí me toca guardia hasta las ocho, así que a partir de esa hora me puedo unir a la fiesta ―les informó Mateo que estaba muy triste por no poder ir a casa y ver a su hijo.
―Yo compré ayer un pollo en el pueblo. No sabía cuántos íbamos a ser, pero imagino que habrá bastante para todos ―dijo Melero―. ¿Tú tienes algo Pedroche?
―Dos botes de tomate y algo de queso que me puso mi madre en el último viaje.
―Yo no tengo nada ―se lamentó Francisco.
―No te apures, que a mí me quedan tres latas de sardinas, un chorizo, un poco de salchichón y creo que algún gorrete. Además, me traje tres tabletas de turrón del que hace mi suegra, así que de dulces vamos bien servidos ¿Y a usted sargento, le queda algo?
―Algo tengo Ángel. Traeré la botella de coñac que tenía guardada para la toma de Madrid. Como me parece que va para largo, nos la bebemos y ya compraremos otra cuando llegue la ocasión.  ¡Seguro que del campamento el mando, nos manda algo especial para cenar!
―Pedroche y yo cocinaremos el pollo en nuestro cabezo y luego nos juntaremos con vosotros a comérnoslo aquí, ¿de acuerdo? Como no hay misa de gallo, no tenemos prisa…
Todos asintieron y una vez organizada la fiesta, cada uno se fue a su lugar. Había que seguir con las ocupaciones de todos los días.

La tregua no se consiguió y el enemigo decidió celebrar la Navidad bombardeando el pueblo la noche del veinticuatro. La alarma saltó en la posición y la fiesta de los soldados quedó interrumpida. A las diez de la noche, los cañones del otro lado del río; los de Pina; empezaron a disparar sobre el pueblo. Los habían orientado durante el día y a pesar de no haber luz, hicieron buenos blancos.
―¡Ya tienen mala leche estos rojos! ¡Ni el nacimiento de Jesús respetan! ―exclamó el sargento zaragozano.
―¡Están tirando contra las casas! Espero que a la gente les haya dado tiempo a llegar a los refugios ―deseó el taustano.
―¡Por lo menos esperaron a que terminaran de cenar! ¡Hay que ver lo que está sufriendo Quinto! ¡Si siguen así, no va a quedar nada en pie! ―se compadeció Mateo.
―¡Mirad, ya contestan nuestras baterías! Espero que nuestros artilleros les abatan tantas casas como las que nos han tirado ellos. Aunque… ¿Qué culpa tendrán las personas que vive en Pina? ―rectificó el sargento.
―¡No hay que tenerle duelo a esa gente! Están cañoneando sobre civiles indefensos y encima la noche de Navidad que es cuando saben que se reúnen las familias. Parece que lo que buscan es llevarse el mayor número de víctimas por delante. Si les destrozamos algunas de sus casas, pues lo siento; ellos nos lo han hecho antes ―replicó el taustano muy enfadado mientras pensaba en todos los quintanos que conocía y que a esas horas podían estar bajo los escombros.
―¡Ya se han callado! No quieren que les descubramos. Una vez hecho el «chandrío», se ocultan ¡Serán cobardes! ¿Cuándo vamos a ir a por ellos sargento? ―preguntó Francisco muy exaltado.
―Cuando se organice la columna con las tropas del norte; después de que tomemos Santander. Los vamos a perseguir tanto, que no van a dejar de correr hasta Barcelona. ¡Hace falta ser sinvergüenzas y canallas! ¡Atacar a una pobre gente que solo está celebrando el nacimiento de Cristo! ―se explayó el suboficial.
―Aunque nos cueste, les hemos de dar una paliza ―insistió Ángel―. Son unos malnacidos. ¡Qué nos disparen a nosotros que para eso estamos aquí! ¡No a la gente de Quinto que no tienen culpa de nada! ¿Dónde están Pedroche y Melero? ¿No estaban a tu lado Francisco?
―Se fueron a su posición en cuanto empezaron los cañonazos. Los mandó llamar su jefe de bandera. Como ellos están en la zona más cercana al enemigo los necesitaban para disparar, pero sin luz, poco blanco habrán hecho.
―Bueno soldados, vamos a intentar descansar que parece que ya ha acabado todo. Hoy nos toca dormir en la trinchera ―informó el sargento―. ¡Mañana nos levantaremos con reuma!
No era eso lo que le preocupaba al de Tauste. No sabía si el capitán le mantendría el permiso del día siguiente y tampoco estaba seguro de querer que viniera su familia al frente. Había mucho peligro y le atormentaba que les pudiera pasar algo por su culpa.
―Ya no tiene remedio. Seguro que mañana salen muy temprano. No me da tiempo a poner el parte para suspender el viaje ―pensó mientras se tumbaba―. No voy a poder dormir con tantas preocupaciones en la cabeza. ¿Cómo habrán pasado la noche? Seguro que Manolo se ha puesto a contar chistes y madre le ha tenido que llamar la atención porque eran muy verdes. Es la primera vez en mi vida que no estoy con ellos en éstas fiestas. ¿Y Carmen? ¿Se estará acordado de mí?  ¿Habrán dejado a la chica levantada para que disfrute? A misa de gallo no creo que se la hayan llevado. Hace mucho frío y no debe ser bueno sacarla a la calle con estas temperaturas. Si yo hubiera estado allí, la hubiera tenido todo el tiempo encima de mis rodillas. ¡Aunque se cayera de sueño! Que tonterías pienso, seguro que la han acostado. Mañana tiene un viaje muy largo y necesitará estar descansada.
Al final, la tensión pudo con él y el soldado se durmió.
El toque de la corneta fue lo que le despertó al día siguiente. Higinio la había tomado con él y se puso a hacer sonar su instrumento casi en la oreja del taustano.
―Un día de estos te voy a dar un buen tortazo chaval ― chilló el maltratado al que no le había hecho ni pizca de gracia la broma, mientras el chico se alejaba riéndose.
Ángel, buscó con la mirada al capitán temiendo que le llamara para denegarle el permiso, pero cuando vio que el oficial le saludaba con la cabeza y no le decía nada más se tranquilizó. Rápidamente se vistió y ya con otra cara, se fue al pase de revista. Cuando acabó, todos los soldados asistieron a la misa que el capellán de los carlistas celebró y después, sin esperar al desayuno, se despidió de sus amigos y enfiló el camino hacia la estación.
A su paso por el pueblo, se quedó impresionado al ver cómo lo habían dejado los cañonazos de la noche anterior; los destrozos eran muy grandes. Se encontró con la señora Carmen, estaba llorando delante de una de las casas de la calle Mayor, que estaba en ruinas.
―¿Qué le pasa? ―le preguntó su huésped un poco asustado― ¿Ha sucedido alguna calamidad?
―Gracias a Dios no, pero podía haber sido ―le contestó la mujer enjugándose las lágrimas―. Ésta es la casa de mis suegros. Mírela, no ha quedado nada en pie.
―¡Qué desastre! Solo hay enronas. Y ellos, ¿cómo están?
―Bien. Muy asustados pero vivos. Habían cenado en mi casa. Como faltaba mi marido, no teníamos muchas ganas de fiestas y, en cuanto terminamos de cenar, se fueron para su casa. No eran ni las nueve, ¡gracias a eso se salvaron! Los cañonazos les pillaron en la cama. Las balas entraron por la cocina. Si hubieran estado levantados, ahora estarían bajo los cascotes.
―Sí que tuvieron suerte sí. ¡Qué faena que a unas personas tan mayores les abatan la casa! ¡Hace falta ser desalmados! ¡Y el día de Navidad!
―No se puede imaginar la tristeza tan grande que tenemos. Y usted, ¿dónde va tan de mañana?
―Pues a coger el tren para Fuentes. Mis suegros y mis mujeres vienen a comer con mi cuñado y conmigo.
―Cuanto me alegro. Por lo menos alguien lo pasará bien hoy. Felicíteles las navidades de mi parte; las nuestras van a ser muy tristes éste año.
―Consuélese, que hoy solo estamos de desescombro y podía haber sido de entierro. Siento no poder quedarme a ayudarle, pero me tengo que ir ¿Ya se lo ha hecho saber a su marido?
―No. Viene hoy de Zuera a pasar las fiestas. A lo mejor se lo cruza en el tren, pero, si lo ve, no le diga nada, que no se asuste. Yo iré con mis suegros a esperarle. Cuando vea que sus padres están bien, el disgusto por lo de la casa será más pequeño.
Ángel se despidió y siguió su camino. Cuando llegó a la estación, se metió en la cantina a esperar el tren. Hacía mucho frío para estar fuera y además, desde ahí podía ver bajar al señor Salvador; no quería saludarlo. A él no se le daba bien mentir y no quería meter la pata. Se tomó un café con leche para hacer tiempo. No había desayunado en el monte e y ahora empezaba a notar el hambre. 
Al rato, llegó su patrona con sus suegros y diez minutos después, el tren. El primero en bajar fue el quintano. Desde donde estaba, el soldado pudo ver el miedo en los ojos del hombre al ver a toda su familia allí y cómo empezó a llorar cuando su mujer le abrazó y le fue contando lo sucedido. 
―Dios quiera que nunca nadie le tenga que dar una noticia así a mi Carmen ―pensó impresionado por la escena que acababa de contemplar.
Cuando la familia se fue, el soldado todavía conmocionado, salió de la cantina y se acercó al tren. Todas sus penas se apagaron cuando vio a Paco que había vuelto a ser nombrado escolta del tren y estaba allí de nuevo.
―Ángel, ¡qué alegría verte! ¡Feliz Navidad! ―le dijo el recién llegado.
―¡Igualmente primo! ¡No sabes la alegría que me das y la falta que me hacía! ¿Me llevas a Fuentes? Tengo a mis suegros y a mis Cármenes allí con Antonio.
―Vente conmigo en la locomotora que seguro que nadie nos dice nada y así me cuentas cosas durante el viaje. Dentro de diez minutos nos vamos. ¿Qué ha pasado? Dicen que hubo mucho jaleo anoche por aquí. 
―Sí, el enemigo bombardeó el pueblo. Se ve que colocaron los cañones en posición por el día sin que nos enterásemos y lanzaron las bombas a oscuras. Una de las casas que han abatido es la de los suegros de mi patrona.
―¡Vaya faena! ¡Pobre gente! Menos mal que Tauste no ha quedado en zona de frente, que si no, nos veríamos como ellos: todo el día huyendo a los refugios y sin saber si nos íbamos a levantar al día siguiente.
―Gracias a Dios que no es así. Nosotros estamos jugándonos la piel, pero tenemos a las familias seguras. ¡Para eso tenemos que ganar la guerra; para que todos tengamos tranquilidad y nos dejen vivir en paz!
Y así, hablando de sus cosas, los dos primos hicieron el camino a Fuentes.
En el andén, su familia le estaba esperando. Su esposa, muy arreglada, con un abrigo marrón que tenía el cuello de piel blanca, sujetaba en brazos a su hija de ocho meses que intentaba bajar al suelo. Todavía no sabía caminar, pero ya quería explorar el mundo que tenía a su alrededor. Sus suegros  estaban al lado de la niña; se les veía muy felices al lado de sus hijos. Antonio y Carmen se parecían mucho, y ahora que los dos estaban muy delgados, aún más. Josito, el hijo mayor de Angelón, también había venido.
Ángel los observaba desde la ventanilla deseando que el tren se parase de una vez. No hacía mucho que los había visto: solo habían pasado siete días desde que estuvo en casa de permiso, pero tenerlos a todos en ese lugar tan poco adecuado para ellos, en medio de una guerra donde la gente moría cada día y sabiendo que en cualquier momento podía caer una bomba como las que habían llegado a Quinto, hacía que sintiera que el corazón se le iba a escapar por la garganta. Nunca sabrían lo que les agradecía esa visita; era muy consciente del peligro que corrían y que estaban allí solo por ellos.
Por fin el tren paró y pudo bajar.
―¡Familia, venid todos a abrazarme! ―gritó.
―¡Hijo, que delgado estás! ¡Has perdido más peso!
―Así podré comer hoy más suegra. ¿Cómo está mi niña bonita? ¿Y mi niña grande? Y tú, ¿qué tal Josito? ―dijo haciéndole una caricia al niño― Suegro, que abrigado le veo. ¿Han tenido un buen viaje? Tú también estás más delgado Antonio. ¿Tampoco tenéis buen cocinero?
El recién llegado no sabía a quién atender primero. Su mujer; como siempre le pasaba cuando se encontraba con su marido después de un tiempo sin verse; estaba un poco retraída y la niña con tanto barullo se había puesto a llorar. 
―¡Vamos hijos, vámonos de aquí que estamos molestando a la gente! ―ordenó el padre de los dos hermanos haciéndose cargo del pequeño batallón que formaban―. Antonio, llévanos a algún sitio donde podamos estar calientes, que se nos van a poner malos los pequeños.
―Sí padre, vamos al Casino. He dicho que nos tengan la comida para la una, pero podrán prepararnos algo calentito ahora. Madre, ¿a qué le apetece un chocolate?
―Claro hijo y seguro que a tu hermana también; aunque veo que ya ha encontrado calor.
Su marido la llevaba cogida de los hombros y ella se apoyaba en él. La niña estaba en el cochecito; su madre le había colocado una manta para que no pasara frío. Enseguida llegaron y se acomodaron en una sala que tenía un buen fuego. Había mucha gente tomando el aperitivo, aunque la mayoría llevaba ropas de soldado, falangista o requeté.
―¿Y el taxista? ―preguntó el recién llegado― ¿Cómo han quedado con él? ¿A qué hora se van?
―Ha dicho que tenía que hacer unas visitas y que vendría a buscarnos sobre las cinco ―le contestó su suegra. 
―Mejor si se van un poco antes; no interesa que se les haga de noche. 
―¿Por qué Ángel? ¿Ya tienes ganas de que nos vayamos?
―No cariño. ¿Cómo puedes pensar eso? Lo que ocurre es que ayer los rojos bombardearon Quinto por la noche y me da miedo no vaya a ser que hagan hoy lo mismo aquí.
―No te preocupes ―le respondió su cuñado―. Ya lo sabemos y se han tomado medidas. Al amanecer les hemos destrozado los cañones que os hicieron tanto mal. Los artilleros los tenían casi localizados desde anoche y ésta mañana, en cuanto ha habido algo de luz, los han triturado.
―Cuanto me alegro de oír eso, no sabes cómo nos han dejado el pueblo…, pero, de todas maneras, es mejor que no os vayáis de noche. Una de las casas que han tirado es la de los suegros de la señora Carmen.
―Como lo siento ―dijo enseguida su mujer―. Con lo buena gente que son y lo extraordinario que lo hacen todo contigo. ¡Ya es mala suerte que les vaya a tocar justo a ellos!
―Pues sí, pero gracias a Dios están todos vivos. De todas maneras, si te parece cuando estés en Tauste, le mandas una carta dándole tus condolencias, te lo agradecerán mucho.
―¡Claro que sí, faltaría más! ¡Si ya son casi como de la familia! Nunca podré olvidar lo que han hecho por ti. ¡Quién sabe lo que te hubiera pasado si cuando estuviste tan enfermo no te hubieran cuidado!
Mientras los mayores hablaban, Josito entretenía a su prima sin dejar de escuchar muy atento la conversación. 
―¿Y cómo es que te has venido tú también? ―le preguntó su tío Ángel.
―Mi abuelo dijo que cabía una persona más si era pequeña y como soy el nieto mayor pues dije que tenía que ser yo. Mi primo Pepe, mis hermanos y mis primas también querían venir, pero a ellas les he dicho que las niñas no van a la guerra y a Jesús, Angelito y Pepe que ellos eran muy pequeños y que tenían que cuidar de Antoñito y Rafaelito.
―Pues vaya organizador que estás hecho: los has puesto a todos en su sitio. Un poco mandón nos has salido; te veo en un futuro vestido de militar. Pero me alegro mucho de verte ―le dijo dándole un beso al niño.
―¿Cómo está Rafaelito? ―preguntó Antonio mirando a su madre.
―Está muy pachucho. Yo lo veo muy débil, pero ya veremos. ¡Todo está en manos de Dios!
―¿Y cómo va la remolacha suegro? ¿Ha salido mucha? Carmen, en sus cartas, nunca me cuenta nada de eso. 
―Pues como puede hijo.  Los campos están menos preparados y la siembra se hizo casi sin labrar. El trigo quiere nacer, pero con estos fríos, mal lo veo yo... Lo peor es que no hay gente para cavar la remolacha, lo tienen que hacer los que quedan por el pueblo y ésos…, tienen pocas ganas. Angelón no encuentra a nadie que quiera venir al campo y si llega alguno de fuera, lo primero que hay que hacer es mirar que no sea un desertor, porque te puedes meter en un jaleo si lo contratas y luego resulta que es un «escapao». Pero no hablemos de cosas tristes. Lo importante es que vosotros os cuidéis y que no os pase nada, que con salud todo lo arreglaremos cuando esto acabe.
―Yo pienso hacer una fiesta bien grande con mis amigos. Ya se lo he dicho a todos.
―Y yo también padre.
―Muy bien ―dijo Carmen―  me encargaré de prepararla. Os aseguro que no se habrá visto en el pueblo cosa igual. Va a ser la mejor que se haya hecho. Invitaremos a mucha gente, como si fuera una boda.
―Tampoco exageres hija, que al final todo el trabajo es para nosotras.
―Mis hermanas y yo nos encargaremos madre; seré tan feliz ese día. No me importaría cargar con todo el trabajo del mundo con tal de que esto acabara ya. Yo lo que quiero es que volváis a casa. A mí me da igual quien mande. No me importa que se queden con lo nuestro ¡como si se lo quieren llevar todo los marxistas!  Solo quiero a mi marido y a mi hermano conmigo ―la joven mientras hablaba, se había ido poniendo cada vez más nerviosa; toda la angustia contenida durante esos meses estaba saliendo a la luz sin que ella pudiera evitarlo―. Hasta que empezó ésta guerra habíamos vivido felices y podríamos haber seguido siendo. ¡Todo lo que tengo lo daría porque pudiéramos volver a casa juntos ahora mismo!
―Mujer, no sabes lo que estás diciendo. Los anarquistas y los marxistas iban a acabar con nosotros. ¡Ya no estábamos seguros! Cualquier día, esa pandilla de salvajes hubiera hecho como en Rusia: matar a todos los que no somos como ellos. 
―A mí solo me habían insultado. Nadie me había puesto la mano encima. Podíamos haber seguido así: callando y aguantando.
―Pero bien que te amenazaban cuando ibas a misa. ¿Es que ya no te acuerdas de cuando nos apuntaron con sus fusiles en la puerta de la iglesia? ¿Y de cuando nos tuvimos que quedar dentro de la parroquia encerrados? ¿Se te ha olvidado que en el 34 dispararon a los guardias que llegaron a sofocar la revolución? ¿Cuánto crees que hubieran tardado en tirar contra nosotros? ¿Tú sabes lo que les hacen a los curas, a las monjas y a la gente de derechas que está en su lado? Gracias a que Franco se levantó primero, porque si no, habrían sido los rojos los que lo hubieran hecho. ¡Pero si fue la propia policía la que mató a Calvo Sotelo! ¿qué se podía esperar de las fuerzas de orden después de eso?
―Y ¿por qué no os escondéis? Os vais del pueblo y de éste sitio y ya volveréis cuando acabe todo. Hay muchos que lo han hecho…
―Carmen, ¿me estás pidiendo que sea un cobarde? ¿Qué os abandone? ¿Qué no pueda mirar a la cara a mi hija? No sabes lo que estás diciendo ―le dijo su marido visiblemente molesto.
―Yo solo quiero que no os maten ―casi gritó la joven.
Y ya, sin poder evitarlo, se echó a llorar. 
―No quiero que te enfades, pero tengo tanto miedo a perderos que cualquier solución me parece buena―dijo sollozando.
El resto de la familia, había permanecido callado mientras el matrimonio discutía. No era la primera vez que Francisca oía hablar así a su hija, pero no esperaba que se desmoronara de ese modo delante de su marido que la miraba muy molesto. Ya iba a hablar para intentar hacerla entrar en razón, cuando Antonio se le adelantó.
―Vamos hermana, no te pongas así. Las mujeres veis las cosas de otra manera. No pensáis en la vergüenza que sería que nosotros desertáramos o hiciéramos como esos cobardes que se hieren ellos mismos para no tener que ir el frente. Estamos aquí por vosotros, por defender nuestra religión, nuestra forma de vida y el derecho que tenemos a vivir sin que los comunistas nos digan como lo tenemos que hacer.
La joven, seguía sin poder contener su llanto a pesar de las palabras de su hermano.
―Deja de llorar Carmen ―le insistió su marido mientras la abrazaba―. Estás asustando a la chica. ¿Qué te crees, que yo no lo he pensado? Cuando veo venir al enemigo hacia nosotros, gritando y disparando, también tengo miedo y pienso en lo bien que estaría en casa con vosotras. Más de una vez me ha propuesto algún compañero que nos escapemos y dejemos todo esto. Pero ¿con qué cara iba a miraros después a vosotras? No, no merece la pena. Si me tiene que pasar algo, pues que sea lo que Dios quiera, que de cobardía no moriré. Nunca nadie podrá decir de mí que abandoné mi puesto o que hui por miedo. Siempre os llevo en mi cabeza y si algo me ocurriera, te prometo que mi último pensamiento será para vosotras. Venga, vamos a comer y a hablar de cosas agradables que hoy es un día de fiesta no de luto. Cuénteme suegra, ¿es verdad que María se ha echado un novio?
La madre de la aludida rápidamente se puso a hablar de ello.
―Pues sí, al final Miguel Ponciano ha pedido la entrada. ¿Te acuerdas de la tuya Ángel? Fuiste a elegir para bajar a casa el mismo día de las votaciones; fue cuando salió la república y el rey se tuvo que ir.
―¡Como no me voy a acordar! ¡Si con todos los jaleos su marido cerró las puertas de su casa y me tuvo tres días sin ver a mi novia! ―se rio el joven.
―Estos tampoco han elegido un buen momento. A mí me parece que deberían haber esperado, pero ya sabéis como es María… Y ese chico… es un poco cabeza hueca. Se ha ido voluntario con la falange, así que ya veremos en qué acaba. Me parece que anda por Teruel.
―Pues yo soy amigo de un requeté que la tiene por madrina y no le ha debido decir nada de lo del novio, porque me lo hubiera contado.
―¿Es aquel que nos acompañó en el primer viaje? ―preguntó Carmen que ya se había secado las lágrimas e intentaba incorporarse a la conversación.
Su marido le sonrió agradeciendo el intento y le siguió contando anécdotas del requeté.
    Ya más serenos, se pusieron a hablar de las cosas que habían pasado en el pueblo mientras los dos jóvenes no estaban, hasta que se hizo la hora de almorzar.
    Cuando llegó la comida, a los dos soldados se les hizo la boca agua. Seguramente no era tan buena como la que habían tomado otros años el día de Navidad, pero era lo mejor que comían en mucho tiempo.
     Mientras disfrutaban del almuerzo la niña hizo las delicias de todos. Su repertorio de gracias era interminable y para su padre y su tío, todas eran nuevas e irrepetibles.
    ―Sin lugar a dudas, no hay nadie tan listo como mi hija.
    ―Tienes razón ―le apoyaba su cuñado―. Y yo creo que es la más guapa, no solo de Tauste sino de todos los pueblos que conozco.
―Fíjate qué educada es la chica Carmen ―seguía diciendo el padre de la niña mientras intentaba darle de beber un poco de leche―. Mira con qué elegancia coge el tazón: levanta el dedito como si fuera una marquesa.
    La abuela de la niña miraba a su yerno con cara de burla. Ella había tenido once hijos y ya llevaba unos cuantos nietos y sabia cuan tontos eran los padres primerizos.
    Las cuatro y media llegaron antes de lo que nadie esperaba y el taxista se presentó en el Casino. 
    Los dos hombres, con gran pena, se despidieron de su familia. Fue muy rápido, después de como se había puesto Carmen a la hora de comer, nadie quería alargar unos momentos tan duros; además, intentaban evitar que les cogiera la noche en el camino.
―Escríbeme mucho, que tus cartas son lo que me alegra el día. Y no te preocupes que pronto conseguiré un permiso ―fue lo último que le dijo Ángel a su mujer antes de que se metiera en el coche.
―Venga, te acompaño a la estación que tienes que coger el tren ―le recordó Antonio mientras empujaba a su cuñado que se había quedado mirando cómo se alejaba el vehículo.
―¿Y si hiciéramos lo que dice tu hermana?  ¿Y si nos escapáramos y dejáramos todo esto? Cualquier día nos van a matar y no sé qué va a ser de ellas ―le propuso Ángel casi tan desesperado como su mujer.
―¡Calla, que no sabes lo que dices! Deja de pensar en tontadas. Coge tu tren y vete a tu posición. A veces pienso que éstas visitas hacen más mal que bien...
El soldado se montó en el tren y como un sonámbulo, se dirigió a Quinto. 
Julián no estaba en ninguno de los vagones y casi se alegró; no tenía ganas de hablar con nadie. Había sido un día muy emocionante; un poco triste, pero en el fondo bonito. Lo había pasado con su familia y disfrutado de la primera Navidad con su hija. No hubiera cambiado ese día por nada.
 Poco a poco, fue recobrando el optimismo y olvidando las tristezas. Cuando llegó a su destino, ya volvía a ser la misma persona alegre y confiada de siempre y sus amigos, que le estaban esperando, ni siquiera se podían imaginar la angustia que el recién llegado llevaba guardada en su alma.

 

 

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