Difama que algo queda

4/1/2016

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Relato Publicado en la revista Demencia en el número dedicado a la Maldad

    Miguel, no se podía creer lo que su compañero Ramón, el portero de noche del garaje, le contó cuando a las ocho de la mañana fue a sustituirle.

                Sintió como un mazazo en la cabeza. Era imposible que aquella mujer, la dueña del Fiat rojo, fuera la autora de esa barbaridad, por mucho que Ramón insistiera en que lo sabía de buena tinta. A pesar de que hacía más de cinco años que la veía dos veces al día,  a las ocho y cuarto cuando entraba con su pequeño coche y a las dos de la tarde cuando lo recogía, ni siquiera sabía cómo se llamaba.

         Ella, siempre lo saludaba con una sonrisa cuando pasaba por la caseta donde él hacía guardia y nunca se iba del aparcamiento sin desearle un: « ¡Que tengas un buen día, Miguel!».  Lo cierto es que era uno de los pocos clientes que tenía ese comportamiento. La mayoría, pasaban por su lado sin ni siquiera levantar la cabeza del móvil que a esas horas todos iban mirando. Él, siempre le correspondía con un: «Igualmente», y también exhibía su mejor sonrisa. Le gustaba verla pasar, siempre oliendo al mismo perfume y enfundada en bonitos trajes de chaqueta de todos los colores.

              El joven se rascó la cabeza y muy, muy extrañado, se metió en la caseta después de despedirse de su amigo.

              Como todos los días, se preparó el café en la máquina que con las propinas habían comprado entre los tres vigilantes que llevaban el aparcamiento.  Se puso sus dos cucharadas de azúcar, lo revolvió y aspiró el aroma que desprendía pero aquella mañana, no le resulto tan agradable como siempre. No dejaba de pensar en lo que le había contado Ramón.

                Empezó a preguntarse, si sería posible que su compañero tuvieran razón y hubiera algo raro en el comportamiento de la mujer.  Quizás las sonrisitas que le dedicaba cuando entraba en el garaje  y que a él le habían parecido síntoma de simpatía, lo que intentaban era esconder el mal fondo de su dueña. O, a lo mejor, cuando ella se despedía tan amablemente, lo único que estaba haciendo era intentar camuflar sus bajos instintos. Era muy raro lo que le habían contado, pero cuanto más lo pensaba, más convencido estaba el chico de que ella era capaz de eso y de mucho más. Al principio, cuando lo escuchó, no podía dar crédito, pero ahora que lo estaba analizando más detenidamente, no paraba de encontrar pistas que le indicaban que el comportamiento de la dueña del Fiat era realmente raro.

                ―¡Solo hay que ver la pinta que llevaba todas las mañana! ―se dijo para sí mismo―. Nadie a esas horas  va tan arreglado si solo piensa ir a trabajar, ni tampoco va siempre con prisa. ¡Algo turbio debía traerse  entre manos!

                Miguel, se terminó el café y cogió una escoba para limpiar un poco la garita. Miró su reloj y vio que eran las ocho y cuarto.

                Casi al mismo tiempo, oyó el ruido de un coche entrando en el garaje. Se giró y asombrado vio que allí estaba el Fiat rojo con su dueña al volante. 

                La mujer, como siempre, al verle le sonrió y siguió su camino hasta la segunda planta.  El portero, se quedó parado con la escoba en la mano sin poder creer lo que veía. Aún permanecía así cuando cinco minutos después, la dueña del utilitario,  vestida con un traje de chaqueta color melocotón y oliendo al mismo perfume de siempre, pasó por su lado  y muy amablemente le dijo «¡Que pases un buen día, Miguel!».

                  Él no le contestó. No se podía explicar cómo ella podía estar ahí después de lo que le había contado su compañero. ¡Hacía falta mucha caradura para presentarse así! Pero a él ya no le engañaría más. Conocía lo que había hecho.  Sin lugar a dudas, aquella mujer, era una mala persona, estaba convencido de ello.

                María, que así se llamaba la dueña del coche, siguió su camino hacia la sucursal de banco Pastor que era donde trabajaba, un poco extrañada de la actitud del portero. No tenía ni idea de porque aquella mañana le había mirado tan mal ni tampoco sabía nada de los extraños comentarios que había sobre su persona.

                Ajena a todas las falsedades que sobre ella se decían, miró su reloj y acelero el paso sin dedicarle ni un pensamiento más a Miguel, tenía prisa por llegar a tiempo de abrir su oficina.

                Maria, nunca sabría la difamación de la que había sido objeto.

 

 

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