La profesora de música y su sobrina

7/25/2016

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    —Jesús, y ¿tu hermana en dónde está? Va a  llegar tarde. Ya andará otra vez con los líos esos del orfeón. ¡No sé porque se mete en tantas cosas!
    —Déjala Carmen, seguro que vendrá enseguida. Ya sabes cómo es. Para ella lo más importante es su música. En cuanto acabe, aparecerá
    —Sí y mientras, todos esperando para celebrar el primer cumpleaños de tu hija. Siempre igual. Su Orfeón está por encima de todo. 

    Durante toda mi infancia, ésta conversación se repetía cada vez que en mi casa había un acontecimiento especial y mi tía Anita, la hermana soltera de mi padre; melómana, profesora de música, directora de múltiples coros, orquestas, orquestinas, grupos infantiles y cualquier cosa relacionada con la música; tenía que hacer acto de presencia.  
    Su pasión por enseñar era tan grande, que cuando mi madre me dejaba en casa de mi abuela a su cargo, en lugar de jugar conmigo, me tenía entretenida enseñándome las notas musicales. Por su “culpa”, aprendí solfeo antes que a leer.  
    Era muy especial, no le interesaban las mismas cosas que a las mujeres de su entorno, sus gustos y preferencias eran distintos. Además de “la solfa”, como decía mi madre, adoraba la moda y le encantaban coser, pero, sobre todo, lo que más le gustaba era enseñar. Todo lo que hacía, siempre estaba enfocado a los demás, a ayudar a la gente y a compartir lo que ella sabía. Tanto es así, que fundó la Escuela de Hogar para enseñar a las chicas que quisieran, algunas cosas que les pudieran venir bien cuando tuvieran que llevar una casa y durante mucho tiempo, fue la directora. Se desvivió por aquel proyecto que fue un éxito y para que funcionara, consiguió ayudas  por todas partes. ¡Hasta convenció a mi madre que había hecho un cursillo por correspondencia de corte y confección, para dar clase allí!
    Su mente nunca descansaba y, además, se atrevía a todo. 
    Cuando formó  el orfeón, ella sola se dedicó a buscar subvenciones, a  hablar con el párroco, el presidente del Casino, el  Alcalde, los concejales … Con quien hiciera falta para buscar un local donde ensayar y dinero para los viajes que la coral tenía que hacer para participar en los concursos, ¡que hay que ver todos los que ganaron! Ella no hacía nada a medias, en todo había que quedar los mejores.
     Su capacidad de trabajo era increíble y no le importaba involucrarse en todo. Recuerdo un día, que me llevo con ella a Zaragoza y recorrimos todas las mercerías de la ciudad, en busca del mejor precio para los  maravillosos guantes negros hasta el codo que todas las integrantes del Orfeón llevaban. Pero  es que, hicimos lo mismo cuando hubo que preparar unas bandas para el coro de niñas que formó y a las que nos hizo vestir con una horrible falda plisada blanca y un jersey azul marino, junto con las bandas ¡claro!… 
    Nunca le importó cargar con la mayor parte del trabajo. 
    A mí, me incluía en todos los grupos que formó. Daba igual si era muy pequeña; si no podía tocar, bailar o cantar, me ponía a sujetar el niño Jesús. Creo que nunca hubo un coro o un grupo musical en que “la sobrinísima” no estuviera. Únicamente en el Orfeón no pude participar, pero cada vez que cantaron en Ejea para las fiestas del agua o en cualquier certamen al que acudieron, allí estuve yo acompañándoles. Aprendí la geografía de España, montada en un autobús, cantando canciones preciosas  en compañía de un montón de personas maravillosas que adoraban a mi tía. Por el orfeón, pasaron  en un momento u otro, muchísima gente y hoy en día, cuando voy por la calle, a muchos a los que saludo y que no recuerdo como se llaman, sé que los conozco porque formaron parte de él y juntos pasamos muchos ratos.
    Un día, mi tía decidió que quería dar clases de música a los niños y convenció a mis abuelos para en una habitación de su casa, hacer una puerta al exterior y enfrente de la iglesia montó su academia. Yo creo, que la mitad de los niños del pueblo, todos los que somos de los años sesenta, hemos pasado por ahí. ¡Cuánto nos divertíamos! Sus clases eran especiales. Tocábamos la guitarra y un montón de instrumentos y a la vez aprendíamos solfeo. Repetíamos los compases una y otra vez, hasta que nos salían perfectos. ¡Aún recuerdo muchas lecciones de memoria y seguro que lo mismo le pasa a la mayoría de mis compañeros! No te podías equivocar en una sola de las notas, porque  ella no te lo consentía. 
    Cuando en el mes de junio, nos llevaba al conservatorio a examinarnos, aquello era un número ¡Ya llegan los de Tauste!, decían los profesores de Zaragoza. Nadie nos superaba y la mayoría de las veces, al terminar, le buscaban para felicitarla. 
    Y, ¿qué decir de las orquestas que formábamos sus alumnos? Íbamos por la calle, siendo críos de diez o doce años, tocando con nuestras guitarras. ¡Éramos  una pequeña tuna de niños! Y, ¡como lo pasábamos cuando íbamos de casa en casa para ensayar! ¡Que grandes amistades hicimos! Con el dinero que sacábamos de nuestras rondas, nos íbamos a merendar a «Casa de Calatro» y todo lo preparábamos nosotros.  Ella nos enseñó a hacerlo y valernos por nosotros mismos, no solo con la música, sino con todo.
    Cuando llegaba la Navidad, organizaba unos maravillosos festivales en el Casino Principal, en el que la chiquillería del pueblo participaba. Estábamos todos: la escolanía, el coro de niños de la iglesia vestidos con sus sotanas y que tantos premios ganó en el Casino Mercantil de Zaragoza; el coro de niñas: las de  las faldas plisadas; el grupo que se vestían de baturros y cantaban villancicos y por último, los de su academia de música, que con nuestras guitarras y xilófonos cantábamos y bailábamos la canción de aquel ratón al que le dábamos el biberón.
    Su mente nunca paraba. Una vez, compuso un villancico, uno que hoy, cuarenta y cinco años después, casi todos los taustanos sabemos cantar   y ni corta ni perezosa, me cosió un vestido de cuadros y con seis años que yo tenía, me subió al escenario y mientras ella tocaba la guitarra yo canté  su canción: “una pequeña historia”. Hoy, cuando se lo cuento a mis hijos, me miran como si les estuviera hablando de locuras, pero ellos, no se pueden imaginar cómo se vivía la música entonces y cuantas cosas buenas nos aportaba. 
    Jamás hubo en Tauste, una misa de niños en la que no hubiera música. Podía ser Rafaela o mi tía Anita tocando el órgano, la escolanía, el coro o el orfeón cantando, los de las guitarras tocando, o cualquier cosa que a la profesora de música se le hubiera  podido ocurrir en ese momento, porque imaginación y ganas de trabajar, nunca le faltaron.
    Ni una sola cena de Navidad pudimos pasar tranquilos en mi casa, porque antes de las once y media, ella y yo, nos teníamos que ir a la iglesia. Siempre había algo preparado para la Misa del Gallo.
    Su amor por los demás, le hacía buscar siempre el beneficio para todos, ya fuera individual o colectivo. Recuerdo que consiguió convencer a  la junta del Casino para poner allí unos pianos, que no sé de donde sacó, para  que los que no teníamos uno en casa, pudiéramos practicar allí y carecer del instrumento no fuera una razón para no poder estudiarlo. Yo era una de ellas y en lugar de seguir tocando en casa de mi abuela, como los demás, empecé a hacerlo allí. Tampoco se me olvida las gestiones que hizo con los infanticos del Pilar, para que algunos niños pudieran ingresar en esa institución y tener una mejor educación. En todo lo que fuera ayudar se podía contar con ella.
     Nunca entenderé, como conseguía involucrar a los demás en sus proyectos, pero lo hacía y todos,  casi sin darse cuenta, eran arrastrados a colaborar. Tenía un gran poder de convicción, una potente mano izquierda y no admitía un no por respuesta. Excepto de mi madre, que muchas veces le tenía que parar los pies porque si por mi tía hubiera sido, aún me hubiera metido en más “líos”. 
    Como no recordar, cuando decidió que ya estaba bien que nosotros, los alumnos de Tauste, tuviéramos que examinarnos por libre y junto con  Rafaela Royo y Antonio Aragüés, formaron una filial del conservatorio. Se empeñó y lo logró. Consiguió que el Ayuntamiento cediera unos locales en la planta alta para montarlo y allí lo instaló. En ese momento se incubó lo que hoy es la escuela de música que está en la Casa de la Cámara. 
    Tambien fue muy bonita, su etapa como profesora de música del instituto. Yo ésa, ya no la viví en primera persona porque estaba estudiando en Zaragoza, pero cuando todos los viernes volvía a casa e iba a verla a ella y a mi abuela, me contaba lo feliz que le hacía poder seguir dando clases y compartiendo su tiempo con alumnos mayores, así como con las monjas clarisas, a las que iba a dar clase y donde pasaba todos los días unas horas con ellas.
     Ya por entonces, la enfermedad que tenía: artritis reumatoide, le estaba afectando. No podía seguir llevando su academia y la tuvo que quitar . Su mayor dolor, además de abandonar a sus niños, fue no pudo seguir tocando el piano. 
    Poco a poco, a medida que empeoraba, fue dejando la mayor parte de sus actividades, pero a la que hasta el último momento no renuncio, fue al Orfeón. Mientras pudo, a pesar de los dolores que tenía en los brazos,  siguió dirigiéndolo y preparando a su sucesor y al final, con gran pena, tambien tuvo que abandonarlo.
    Cuando ella quiso, como siempre había hecho, porque mi tía fue una mujer adelantada a su tiempo que no consintió que nunca nadie le mandara ni le dijera lo que tenía que hacer, ingresó en la Residencia de Ancianos. Yo que la conocía muy bien, nunca creí que se fuera a acostumbrar a estar allí, a amoldarse a una rutina y a un orden establecido, pero me equivoqué. Se sintió querida y se integró muy fácilmente. Sus mejores momentos, eran cuando sus antiguos alumnos iban a visitarla y cuando el Orfeón cantaba allí y ella podía estar cerca de su más querida creación.
    El día diecisiete de abril, estuve en el concierto que la Coral Virgen de Sancho Abarca junto con la Banda Municipal, dio para conmemorar el cincuenta aniversario de su fundación. Oyéndolo, recordé una situación idéntica en la que tambien estuve presente. Fue en el Palacio de Sástago,  mi tía dirigía el Orfeón y Antonio Aragüés la Banda Municipal y no pude dejar de pensar lo orgullosa que estaba aquel día y lo feliz que hubiera sido de volver a ver reunidos a los dos grupos musicales tantos años después. Entonces, se me ocurrió, que podría escribir estas líneas para agradecerle lo que hizo por nosotros: la educación musical y tambien “de la otra” que nos dio a los que de una manera u otra pasamos por sus manos. Estoy segura que, de no ser por ella, hoy seríamos muy distintos y no creo que mejores.
     Ella nos enseñó a enfrentarnos a las cosas con valentía, a trabajar en común, a ser generosos, a no admitir un no por respuesta y, sobre todo, a luchar por lo que nos parece importante. 
    Muchas gracias profesora.
    Muchas gracias tía.

 

 

 

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