La noticia

2/17/2017

 —¡No se lo digas aquí! ¡Llévala a otro sitio! Nunca podrá volver a sentarse en el sofá si le das la noticia en el salón. ¡Id lejos!, a algún lugar al que sepas que no volverá —le ordena la madre antes de que él llame a su hija.

Ella corre al oírle. Se siente feliz con la invitación. Le adora y salir con él y Tim, su perro, es el mejor regalo que se le puede hacer.

La niña pasa junto a su madre que, agarrándola por la cintura, le da un beso antes de que ella, con la correa en la mano, vaya tras Tim que salta feliz, impaciente por emprender el camino.

El padre les espera en la entrada.

Cuando la puerta se cierra, la tensión nerviosa puede con la madre que se deja caer, sentándose en la escalera que lleva a la calle.  Por allí acaba de salir una niña feliz y ahí se va a quedar ella a esperarla. No sabe cómo volverá.

Se ha quedado sola. Está hundida.  Continuamente se limpia las lágrimas que han empezado a correr por su cara mientras piensa en lo que estarán haciendo su marido y su hija:

«¿A dónde la habrá llevado? No me he fijado en qué dirección han tomado. Seguro que han ido hacia el aljibe, camino adelante… Si es así, enseguida llegarán al árbol torcido.

Empezará preguntándole por las vacaciones, que si se ha divertido; esas cosas... Se quedará esperando a que le conteste. Ella le explicara lo del viaje en tren, la visita al parque de atracciones y poco más.

Cuando la niña termine se quedará callado, esperando, sin saber cómo continuar. Si ésta así mucho rato, ella empezará a hablar otra vez y habrá perdido esa oportunidad.

Al paso que suelen ir ya estarán doblando la curva. Caminarán un rato más y se pararán delante del aljibe. Él le dará unas piedras para que las lance y le enseñará como hacerlo para que reboten sobre la superficie. La niña lo intentará, pero no le saldrá. Entonces su padre le cogerá la mano y lo hará con ella y mi hija lo mirará con admiración.

Cuando se cansen reanudaran el camino. Tim querrá ir a jugar al solar vacío y tirará de ellos. Para entonces, él ya habrá empezado a reunir valor y comenzará a preparar el terreno. Le hablará de generalidades, de que pasa mucho y de que es una cosa de lo más normal. Al principio ella no entenderá lo que le está diciendo. Le mirará muy atenta, escuchando, pero no lo relacionará con nosotros.  Él, al ver que no le comprende, tendrá que ser más claro y se irá agobiando. No sabrá cómo seguir y le dirá que ya es hora de dar la vuelta, que mejor no alejarse mucho. No querrá estar muy lejos de casa en el momento en el que le dé la noticia.

Le hice prometer que se lo diría todo. Le exigí que le contara la verdad, que no le mintiera, pero sé que no lo hará. No querrá ver los ojos de su hija mirándole con decepción; no está dispuesto a eso. Me dijo: «ya veré lo que hago». No se comprometió.

Ya deben de estar a la altura de los dos árboles entrelazados, esos en los que siempre se paran. Estará nervioso, no va a poder aguantar más tiempo. No le queda mucho camino para llegar a casa. No puede retrasarlo más. Ahora es cuando va a empezar de verdad a hablar.

Comenzará explicándole que esas cosas pasan, que los adultos somos así y que no tiene importancia. Al principio, a la niña le costará comprender lo que le dice, pero no tardará mucho en asimilarlo. En ese momento, cuando lo haga, sentirá que se le rompe el mundo.

Ella no se podía imaginar una cosa así. ¡Con la ilusión con la que se ha ido a pasear! 

¿Estará abrazándola mientras habla con ella? ¿Tendrá cogida su mano?

Ella intentará no decepcionarlo. Contendrá sus lágrimas hasta que no pueda más. Se pondrá a acariciar al perro o a buscar mariquitas para que él no vea como se le llenan los ojos de amargura.

Ya no les puede faltar mucho. Tienen que estar muy cerca, a punto de volver.

Ahora le preguntará si le ha comprendido. No querrá que haya ningún error. Le volverá a decir que si lo ha entendido.

¡Como insista mucho, la niña no va a poder contenerse! Más vale que se calle, que la deje mantener su dignidad. Sé que no quiere que su padre la vea llorar.

¡Deberían venir ya! No va a conseguir aguantar más. Sé que está deseando echar a correr para venir a contármelo, pero no lo hará. Por nada del mundo querrá que su padre se moleste con ella»

En ese momento, se oyen ladridos por la calle y la madre deja de pensar. Es el perro de su hija que al pasar, provoca a los de los vecinos.

A los dos minutos la puerta se abre.

La niña entra la primera y sube corriendo a abrazar a su madre mientras estalla en un llanto desconsolado. Ella le besa y le acaricia el pelo rubio mientras intenta tranquilizarla:

 «No te preocupes mi amor, no va a pasar nada. Lo solucionaremos. Todo va a salir bien»

El padre sigue en la puerta mirando la escena. Cruza sus ojos con los de la madre y mueve la cabeza negando: no le ha dicho toda la verdad. Después, se agacha para soltar al perro y a continuación, sube las escaleras. Pasa al lado de su mujer y su hija que siguen abrazadas y entra en la casa

Al momento sale con una maleta y casi sin decir adiós, se marcha.

 

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