El poder del miedo

9/10/2017

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Relato publicado en la revista Demencia, en su número 19, dedicado al poder

«¡Que no empiece a llorar! ¡Solo faltaría eso!»

 Esos eran los pensamientos de Luisa mientras veía como su amiga María, era rodeada por un grupo de tres niñas que, sin ningún miramiento, empezaron a tirarle de las trenzas. Como la niña no hacía nada para intentar defenderse, una de sus atacantes opto por subirle la falda del uniforme haciendo que se le vieran las bragas.

Luisa, seguía mirando, inquieta por lo que estaba pasando.

«¿Por qué me mira? Me va a acabar poniendo en evidencia» —se dijo para sí misma al ver que los ojos de María reparaban en ella.

Otra de las niñas, al ver que nadie se oponía a sus actos, le dio a María una sonora bofetada haciendo que sus gafas se cayeran al suelo y que la chiquilla, a pesar de sus esfuerzos, no pudiera contener las lágrimas que empezaron a rodar por su cara…

Luisa, hizo una mueca de impotencia y se dio la vuelta, alejándose de allí…

 

Todo había empezado unos meses antes: el primer día de curso.

Luisa y María, eran amigas desde la infancia. Siempre habían ido juntas a clase, igual que lo iban a hacer ese curso, el de sexto de primaria.

Aquella mañana de septiembre, las dos niñas se dirigían al recreo. Acababan de salir de clase de lengua y se disponían a tomar el almuerzo que sus respectivas madres les habían preparado. Pero al llegar al patío, Rebeca, Verónica y Patricia, unas alumnas de un curso superior, se levantaron del banco en el que estaban y se acercaron a ellas.

Luisa, esbozó una tímida sonrisa que fue correspondida por Rebeca, la líder del grupo. María, intentó hacerlo también, pero sin conseguir el mismo resultado; al contrario, fue interpelada por ella.

—¿Qué llevas hoy para almorzar, pedazo de grasa? —le preguntó Rebeca, mientras le quitaba la pequeña bolsa que la niña llevaba en las manos.  Las otras dos chicas se rieron al ver la cara de susto que ponía María y Luisa, se quedó callada sin saber que decir—. Tiene buena pinta este bocadillo….

—Puedes quedártelo. Yo no tengo hambre —dijo la niña, intentando congraciarse con Rebeca.

—¡Claro que me lo voy a quedar! Y, de ahora en adelante, me vas a traer todos los días tu comida. Tú estás muy gorda y no la necesitas. ¿Verdad que tengo razón, pedazo de grasa?

Todas las niñas se echaron a reír excepto María, qué a pesar de lo desagradable de la situación, aun tuvo ánimo para poner buena cara. No quería que esas niñas la tomaran con ella.

Rebeca la miró con cara de asco y sin decir nada más, ella y sus amigas, abandonaron a las dos chicas en busca de otro objetivo.

 Luisa y María, sintiéndose el blanco de todas las miradas, buscaban un sitio alejado del resto de las niñas donde refugiarse y se sentaron en un bordillo, detrás del depósito de agua. Todas las chiquillas que estaban en el recreo habían visto lo sucedido y ellas dos, se sentían un poco avergonzadas.

—Toma María. Podemos compartir mi bocadillo.

—Gracias Luisa, pero de verdad que no tengo hambre —contestó, sin poder evitar el temblor de su voz—. No entiendo lo que ha pasado ni porque Rebeca se ha puesto así. Yo nunca le he hecho nada, ¿verdad?

—No, claro que no. Pero, ya sabes que es la que manda. Todas le hacen caso y a veces le gusta demostrarlo.

—Sí, pero no sé porque le caigo tan mal. Tú en cambio, pareces gustarle.

—Es que, me parece que es amiga de mi hermano…

—Pues será por eso. ¿Crees que si adelgazara le caería mejor?

—Quizás. Pero no te preocupes… Seguro que mañana ya no se acuerda de ti y busca a otra con la que meterse…

—Ojalá tengas razón. Me dan mucho miedo esas chicas… No son como nosotras…

—Venga, no le des más vueltas. Seguro que todo se soluciona. Levántate que ya es hora de volver a clase.

—Sí, vamos, que por lo menos allí no nos encontraremos con ellas —dijo María poniéndose en pie.

Pero a pesar de los buenos deseos de las niñas, las cosas no mejoraron. Rebeca, Verónica y Patricia, convirtieron a María en objeto de sus burlas. Todos los recreos, iban en busca de la niña para quitarle su comida y mofarse de sus kilos de más. El resto de las colegialas, se habían acostumbrado a ver el mismo espectáculo cada día y poco a poco, se fueron alejando de ellas. Unas por miedo y otras para congraciarse con Rebeca y sus amigas, pero al final, solo Luisa compartía los recreos con María.

Los días iban pasando y a pesar de los esfuerzos de la niña y del régimen al que la había sometido la bravucona del colegio al dejarla sin su comida, María no conseguía perder peso.

—Ya no sé qué hacer, Luisa. Como aquí no puedo comer, llego a casa muerta de hambre y entonces me hincho a galletas —le estaba contando a su amiga aquella tarde. Era el último día de clase antes de las navidades y no había conseguido disminuir ni un kilo desde que el curso había comenzado.

—¡Pues tienes que adelgazar como sea! Si lo haces, a lo mejor Rebeca deja de meterse contigo y por fin, podemos hablar con alguien más.

María, se sorprendió al oír las palabras de su amiga, pero no dijo nada. Comprendía que era muy duro estar siempre con una persona como ella, una paria. Además, estaba segura de que Luisa, podría pertenecer a la órbita de Rebeca cuando quisiera. Siempre que su enemiga se acercaba a robarle el bocadillo, sonreía a su amiga y le preguntaba si todo le iba bien.

—Venga, volvamos a clase. Y dile a tu madre que te ponga a dieta esta Navidad —le dijo Luisa en un tono airado—. Yo me voy mañana de vacaciones a casa de mi abuela. A ver si a la vuelta lo has conseguido y podemos volver a ser normales.

Las niñas regresaron a clase sin decir nada más y cuando terminaron cada una se fue a su casa para disfrutar de las fiestas. María iba muy triste, le habían dolido mucho las palabras de su amiga. Luisa, al contrario, caminaba relajada después de haber dicho lo que llevaba mucho tiempo callando.

Cuando a la vuelta de Reyes, las alumnas se incorporaron al colegio. Muchas cosas habían cambiado.

María había conseguido perder unos kilos y estaba muy orgullosa de ello.

—Tal vez ahora Rebeca no me odie y las otras niñas quieran estar con nosotras —iba pensando mientras entraba en el aula. Deseaba con todas sus fuerzas encontrarse con Luisa y sorprenderla con su nueva imagen.

 Sin embargo, la sorpresa se la llevo ella cuando al ir a cerrar la puerta, vio llegar por el pasillo a su amiga agarrada del brazo de su enemiga. Las dos chicas se despidieron en la entrada de la clase y Luisa, muy sonriente, pasó por su lado sin saludarla siquiera y se sentó con otra compañera.

Al llegar la hora del recreo, María, imaginado que lo iba a tener que pasar sola, intentó que la profesora le dejara quedarse en clase pero como eso iba contra las normas, su tutora no lo consintió.

Armándose de valor, la chiquilla cogió la manzana que su madre le había preparado y salió del aula. Nunca lo había hecho sola y tenía miedo. Al principio pensó que nada iba a pasar y se encamino hacia el depósito de agua creyendo que nadie la encontraría allí, pero no fue así. Rebeca y sus amigas, estaban allí esperándola.

—¡Hola bola de grasa! Veo que las Navidades no te han ido nada bien. Estas más gorda que cuando te fuiste. Venga, ¡dame mi bocadillo! —le increpó la líder del grupo.

Entonces María, recordó que no lo tenía, que era fruta lo que el dietista le había dicho que debía comer y en eso consistía su almuerzo de aquel día. Empezó a temblar, pero aun así tuvo el valor de ofrecerle su manzana.

Rebeca se enfadó, no era eso lo que ella esperaba y sin ningun miramiento, comenzó a tirarle de las trenzas, mientras la llamaba fea, gorda y todas las lindezas que se lo ocurrían.

María, intentaba no quejarse mucho. Creía que si no lo hacia la chica se aburriría y la dejaría en paz. Pero entonces, Verónica decidió unirse a la fiesta y Patricia comenzó a subirle la falda, dejando ver que llevaba las bragas mojadas.

En ese momento, María vio que su amiga Luisa también estaba allí y una sonrisa iluminó su cara. Entonces fue, cuando Rebeca le dio una tremenda bofetada que hizo que se le cayeran las gafas al suelo y que las lágrimas empezaran a rodar por su cara.

Cuando después de unos segundos pudo volver a ver, se dio cuenta de que Luisa se había marchado dejándola a merced de sus enemigas y entonces comenzó a llorar con todas sus fuerzas. Supo en ese momento, que el poder del miedo había triunfado sobre el de la amistad y que nadie iba a acudir en su ayuda.

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