Así comenzó la batalla: 23 de Agosto de 1937

8/20/2017

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     Hacia las once de la noche, algo llamó la atención del centinela que estaba de guardia. Corriendo, el soldado fue a comunicárselo a su superior.

     ―Sargento Galé; creo que he visto luces por la loma del Cornero.

     ―¿Qué luces va a haber por aquel lugar? Serán las estrellas.

  ―También me ha parecido oír relinchos de caballos y voces ―insistió.

    ―Vamos a ver ―dijo Ángel que como cada noche después de dar la vuelta de inspección, acababa de dejar durmiendo en el refugio al alférez.

     No quería molestar sin motivo a su superior porque le faltaban solo dos días para obtener su permiso y le preocupaba que algo pudiera estropearlo; así que decidió no despertarlo por el momento.

     Los dos hombres fueron hacia el punto de observación del suroeste en donde estaban las ametralladoras. Como había dicho el centinela, el sargento también notó que algo raro pasaba. Había un sonido que venía de la loma del Cornero, justo donde el soldado había dicho que había visto luces. Además, parecía que había movimiento por la carretera de La Zaida y comprobaron que se oían más ruidos de lo normal.

     ―Algo pasa ―dijo ya completamente seguro el suboficial―. Vamos hasta el cabezo de la Nariz y les preguntaremos a los falangistas si ellos han visto algo; desde allí se apreciará mejor.

 

     Cuando los dos hombres llegaron se encontraron con toda la guarnición levantada y un poco alarmada. Desde allí se distinguían perfectamente luces moviéndose a lo lejos y no había el silencio habitual.

     ―Vaya a buscar al alférez ―le ordenó Ángel al centinela―. Estoy oyendo ruido de motores y relinchos de caballos. Yo me quedo aquí con estos a esperarle.

     Sus amigos: Soria, Polica el mayor y Pelacho, también estaban despiertos y pendientes de lo que pasaba.

     ―¿Qué crees que es esto, Galé? ―le preguntaron.

     ―No lo sé. A ver qué dice el alférez pero para mí que lo que ocurre es que el enemigo se está acercando y creo que esta vez no vienen unos pocos; es mucho ruido el que hay. No es como cuando nos atacaron en julio ―les contestó.

     El alférez no se hizo esperar y enseguida se hizo cargo de la situación.

    ―Creo que mañana vamos a tener lío de verdad ―dijo―. Hay que dar la alarma, no sé a dónde va esa gente pero se están acercando y de noche así que no deben de tener muy buenas intenciones. 

  Inmediatamente Fernández, el soldado encargado de las comunicaciones, llamó por teléfono a la comandancia y desde allí se informó a todo el frente que se puso en alerta.

     ―Ya hemos pedido refuerzos; no podemos hacer nada más. Esos desalmados pensaban que no les íbamos a oír acercarse pero se van a llevar una buena sorpresa ―les explicó el alférez.

     ―¿Cree usted que es la gran ofensiva? ¿Esa de la que tanto tiempo llevan hablando?

    ―Puede ser pero hasta que no amanezca no nos vamos a enterar. No sabemos cuántos son; pero estoy seguro de que algo está pasando y que no es bueno para nosotros. Lo que hace falta es que desde Zaragoza se tomen las medidas precisas por si acaso es lo que usted ha dicho. Lo malo es que ahora no hay muchas fuerzas en la capital que puedan venir a socorrernos; tenemos la mayor parte en el frente del norte. Si es la ofensiva han sabido elegir bien el momento ―dijo el oficial con gran pesar.

     ―Por eso estaban los mandos formando el batallón al que se han ido nuestros amigos; para casos como este, ¿verdad mi alférez?

     ―Sí, sargento; para acudir a donde haya necesidad. Muy mala suerte tendríamos si al primer sitio al que van a tener que ir es a socorrernos a nosotros.

     ―Seguro que no hace falta. Lo que les pasa a los rojos es que deben estar muy rabiosos por las pérdidas que están teniendo en Santander y se quieren vengar dándonos un susto.

    ―Pero ahora, nosotros estamos en peores condiciones que nunca y ellos lo saben. No despierte a los hombres; si como me temo esto es un ataque en toda regla, necesitaremos que mañana estén bien espabilados y ahora, todavía está muy lejos el enemigo para infringirnos algún mal.

    ―A sus órdenes, mi alférez ―contestó el taustano mientras pensaba que no sabía quién iba a poder descansar esa noche.

      La noticia ya se había extendido y los doscientos cincuenta hombres que formaban la guarnición de aquel monte estaban pendientes de todo lo que sucedía.

 

     A las cuatro de la madrugada los soldados que habían podido dormir fueron despertados por un intenso bombardeo.

     ―¡Alarma! ¡Arriba! ¡Nos atacan!

     ―¿Qué sucede? ¿Qué pasa? ―se preguntaban los hombres mirándose sorprendidos unos a otros.

―Se oyen tiros por la zona del Bonastre.

     ―Fernández, llama a Fuentes y averigua qué está pasando ―ordenó el capitán que desde que el alférez le había informado de la situación había estado recorriendo todos los puntos de observación de la posición y ahora corría al del norte; al que se encontraba en la ladera más pegada al pueblo y desde donde se divisaba todo Quinto y sus alrededores.

    ―Dicen que los rojos han cruzado el río por Pina. Están atacando la estación del ferrocarril y la ermita del Bonastre ―contestó el muchacho en cuanto obtuvo la información.

     ―Pregúntales cuántas fuerzas tienen allí.

     ―Informan que en la estación hay ciento cincuenta hombres y en la ermita treinta y tres artilleros.

     ―¿Pero no había en el Bonastre un regimiento de caballería?

     ―Se debe haber ido, mi capitán.

    ―Esperemos que puedan resistir. ¡Son muy pocos! ¡Qué mala suerte que no estén allí los de caballería! Ese punto es muy importante, si los rebasan lo siguiente será el paso del Belloque. Querrán traer más gente por ahí. Luego irán a por los que vigilan el río desde la vía del ferrocarril y por último a por los de la estación de Quinto. 

    ―¿Tenemos suficiente gente? ¿Quién para en esas posiciones? ―preguntó Ángel muy bajito al sargento Martínez que también estaba allí. 

    ―Hay setenta falangistas en el paso y unos ciento cincuenta soldados de infantería vigilando por la ribera; tienen una ametralladora, un mortero y me parece que un cañón pequeño y en la estación no se los que hay. ¿No estaban tus paisanos?

    ―Me parece que ellos andan por las parideras. Pero por lo que dice, tenemos muchas fuerzas en esa parte. Seguro que pueden con ellos y los detienen hasta que lleguen los refuerzos. No hay que preocuparse, ¿verdad?

   ―No sé qué decirte. Se oyen muchos cañonazos; me parece que los atacantes son bastantes más que los que somos nosotros. Date cuenta de que como consigan rebasar la ermita y la estación de Pina, se harán con el dominio del río y nos vamos a ver en un aprieto porque tendrían abiertas las puertas para cruzar desde Pina.

    Ángel se quedó pensando en las palabras de Martínez; la situación parecía más seria de lo que él había pensado.

 

    ―¡Capitán! ¡Capitán! ―gritó Fernández al poco rato― ¡Han llamado de la comandancia! ¡Los rojos están atacando Fuentes! Dicen que hay una brigada de caballería y otra de infantería. Han debido ir avanzando por la noche y al amanecer los nuestros se los han visto delante. Están combatiendo.

     ―No hay duda; es la gran ofensiva. Menos mal que dimos la voz de alarma y avisamos. ¿Qué sabemos de los refuerzos?

  ―Según han informado están llegando a Fuentes ahora mismo mi capitán ―le respondió el de transmisiones.

    ―Gracias a Dios que han llegado a tiempo si no ahora estarían acorralados. Si se pierde esa posición detrás de ellos irá Zaragoza.

    Los hombres se miraban consternados unos a otros mientras seguían oyendo los tiros que venían de la estación de Pina.

     ―¡Capitán! Han vuelto a llamar de Quinto. ¡También están atacando Zuera! ―gritó el telefonista al cabo de diez minutos.

     ―¿Y resisten? ¿Podrán aguantar?

    ―Parece que sí. Han dicho que les han cortado la carreta y el ferrocarril pero que está llegando ayuda de la capital.

   ―Bien por esos valientes seguro que podrán con ellos. Hay una buena guarnición allí, igual que en Fuentes. Si el ataque ha empezado por esa zona, es porque los rojos están tratando de evitar que llegue socorro a Zaragoza por Huesca; si cae Zuera las tropas oscenses no podrán pasar por ahí.

     ―Villamayor también está siendo atacada, capitán; pero dicen que están repeliendo la agresión. Informan de que han llegado refuerzos y que no piensan dejar que nadie pase por allí. Nos han llamado ellos directamente ―comunicó Fernández que nunca había tenido tanto trabajo como hasta aquel día.

   ―Menos mal que han conseguido reforzar la zona. Con un poco de suerte, pronto superarán a los enemigos, romperán el cerco por Fuentes y nos llegará la ayuda a nosotros. ¿Cómo están los del Bonastre? ―preguntó el capitán.

      Ángel, que tenía los prismáticos en eso momento fue quien le contestó.

     ―Como pueden, mi capitán. Son cuatro gatos comparados con los que les atacan. Por lo menos hay un batallón enemigo al pie de la colina. No sé si podrán resistir mucho…

     ―Los que están arriba son españoles de verdad. No como esa cuadrilla de extranjeros sin Dios ni patria; además tienen a la Virgen del Bonastre de su parte. Verán como sí aguantan y los de la estación también. No van a dejar que los rojos lleguen al pueblo.

     Como si todo el mundo quisiera llevar la contraria al oficial no pasaron más de cinco minutos cuando se volvieron a oír voces llamándole.

    ―¡Capitán! ¡Capitán! ¡Venga! ―le pidió el teniente Montesinos que estaba apostado en el punto de observación del suroeste― Mire lo que sale de detrás de la loma del Cornero: son muchísimos soldados y vehículos. Me temo que vienen hacia aquí; ya no hay duda.

      ―Tiene razón, teniente; hay por lo menos una brigada y traen tanques y cañones.

      ―¡Dios mío! ¡Nunca había visto tanta gente junta! ―dijo Francisco.

     El resto de los hombres miraban asustados avanzar al enemigo hacia ellos. Nadie hablaba; había poco que decir.

      Un soldado mandado por Fernández llegó al poco rato con más noticias.

―Capitán, han llamado desde la comandancia. Dicen que hay enemigos en el Saso. Los están viendo. Dicen que se están acercando a las parideras y al cementerio y que por lo menos hay tres mil hombres.

     ―¡Dios mío! ¡Esto va a ser el fin! ¿No habrán querido decir trescientos? Esas posiciones tienen que resistir hasta que lleguen los refuerzos; si no, ¡el pueblo está perdido! ¡Son su defensa! No debemos preocuparnos mucho ―intentó rectificar el oficial al ver la cara de sus hombres―. Tenemos buenas fortificaciones allí. Aunque el enemigo sea mucho podrán detenerlos. ¡Sargento!, traiga un plano.

     El capitán, el teniente y uno de los alféreces, se inclinaron sobre el mapa que Martínez había extendido sobre la piedra que hacía las veces de mesas de operaciones.

    ―Vamos a ver. Todos los que vienen de la loma del Cornero tienen que pasar por la carretera. Ahí los tenemos a tiro, tanto los requetés que están en la montañeta como nosotros; les podemos hacer mucho daño. Si conseguimos evitar que crucen antes de que lleguen los socorros estamos salvados.

     ―Sí, capitán. Si todo el ataque viene por aquí los podemos parar ―confirmó el teniente―. Lo malo es que hay otra brigada por el oeste amenazando las posiciones del cementerio, las eras y las parideras y si son tres mil hombres lo vamos a tener difícil.

     ―En eso lleva razón. El problema está allí. Aunque los soldados que hay dentro del pueblo y los que queden en los Baños les ayuden ―siguió diciendo el capitán― no sé si podrán detenerlos; son muchísimos menos.

     ―La gente de Quinto colaborará en la defensa. Podremos contar con doscientos o doscientos cincuenta hombres más.

     ―Espero que tenga razón, teniente; ¡que todas las manos serán bien venidas! ―dijo el oficial al mando concentrándose de nuevo en el mapa― También tenemos a los que han cruzado el Ebro y están atacando la ermita y la estación de Pina. Los podrían socorrer los falangistas que están a lo largo de la vía pero entonces dejarían al descubierto el paso del río y sería peor el remedio que la enfermedad; me temo que se las tendrán que arreglar solos.

     ―De todas maneras, cuando nuestras tropas rompan el cerco de Fuentes, ellos serán los primeros que recibirán la ayuda. Y si los refuerzos han llegado ya a Villamayor, Mediana, Zuera y Fuentes, no tardarán mucho en acabar con el enemigo y llegar hasta allí ―indicó el teniente señalando dichos pueblos en el mapa.

    ―Capitán, nos comunican que Codo está siendo atacado desde el amanecer. Dicen que hay fuerzas enemigas tanto por el camino de Quinto como por el de Belchite ―llegó otra vez diciendo el soldado que Fernández había elegido para enviar las noticias; ya no podía dejar el teléfono solo porque no paraba de sonar―. Por lo justo pudo entrar esta mañana el camión de Belchite que les lleva los suministros. Los que iban en el vehículo se han tenido que quedar allí, no han conseguido salir.

      ―Esto empeora aún más la situación. Los tienen rodeados y a nosotros nos han cortado la ayuda que nos podría llegar por ese lado. Si toman Codo, las tropas que nos manden por Belchite no podrán llegar hasta aquí. Me temo que los rojos han hecho una maniobra envolvente: ¡Nos están atacando por todas partes! Tendremos que esperar todavía un poco más para ver si estoy en lo cierto; pero por desgracia creo que tengo razón.

     Mientras los oficiales seguían comentando las explicaciones del capitán intentando decidir cuál era la mejor manera de afrontar el ataque si se producía; el soldado volvió y con peor cara.

―Han llamado de la comandancia, mi capitán. Dicen que han perdido la comunicación con Zaragoza. El enemigo ha cortado las líneas de teléfono y las del telégrafo ―informó el muchacho que estaba comprendiendo en ese momento la importancia  de  su  trabajo.

      ―¡Y no son más que las siete y media! ¡Casi no hemos empezado el día y ya nos vemos así! Menos mal que colocamos esta línea con el pueblo por el interior porque si no; ya estaríamos aislados. ¿Siguen en el pueblo comunicados con Fuentes? También colocaron una línea solo para ellos.

      ―Sí, mi capitán; y dicen que están repeliendo el ataque y que les hacen muchas bajas al enemigo.

      ―Eso es lo que hace falta que en el Bonastre y en la estación de Pina necesitan ayuda cuanto antes. ¿Han dicho cuándo creen que podrán llegar hasta aquí?

      ―No, no han comunicado nada.

   El oficial junto con su plana mayor entre los que se encontraban los sargentos Martínez y Galé, se encaminaron al punto de observación del suroeste. El centinela que estaba allí les había mandado aviso de que tenía al enemigo a la vista.

     ―Ángel, mira. Todos esos vienen hacia aquí ―le dijo el zaragozano a su amigo muy bajito para que nadie le oyera―.¿Cómo les vamos a parar? Hay por lo menos treinta o cuarenta tanques, llevan baterías y muchos cañones. Es imposible detenerlos. Son todo un Ejército y nosotros cuatro gatos...

      ―Ánimo que los tanques no pueden subir montañas y tenemos las alambradas y nuestros cañones. ¡No van a pasar por aquí! Seguro que los refuerzos llegan pronto ―les dijo el teniente que los había escuchado.

Estaban justo encima de la carretera y desde allí observaban perfectamente cómo se movía el Ejército republicano.

     ―Galé, usted quédese aquí a cargo de las ametralladoras y usted Martínez acompáñenos. El enemigo todavía está lejos pero quiero estar informado de cualquier cosa que suceda. ¿Me ha oído bien, sargento? ―preguntó el capitán mientras salía después de haber obtenido una respuesta satisfactoria.

      Los oficiales se fueron a hablar con los falangistas que defendían el cabezo de la Nariz. Esa era la zona más alejada de la planicie y la que había sido hasta entonces el punto más cercano al frente; las cosas habían cambiado y había que coordinar la defensa.

 

      Mientras caminaban empezaron a oír ruidos de motores que venían de la zona de Bujaraloz.

―¡Cuidado! ¡Son aviones enemigos! ―gritó un centinela.

    Los hombres se lanzaron al suelo y los que pudieron a las trincheras. Al momento los aparatos estaban encima; dejaron caer sus bombas sobre ellos y continuaron soltando su carga sobre el pueblo y el cementerio hasta que ya ligeros se perdieron en el horizonte.

     El ataque solo duro cinco minutos pero el destrozo fue mucho. Los bombarderos habían ido muy bajos; los republicanos no querían equivocarse y dañar a sus tropas. Lo habían hecho muy bien: el campamento estaba destrozado.

      ―¿Estás bien Francisco?

      ―Solo sordo, Ángel. Y, ¿tú?

     ―Bien, han caído cerca. ¿Cómo les habrá ido a los demás? Mateo estaba donde los refugios en el lado norte… Vamos a salir a ver si podemos ayudar.

     ―¡Auxilio! ―pedía un soldado no muy lejos de donde estaban; una bomba le habían arrancado las piernas.

       Los dos hombres corrieron a ayudarlo pero mientras intentaban darle un poco de agua el muchacho dejó de gritar: estaba muerto.

      Los sanitarios y los soldados se desvivían por atender a los hombres. Por todo el campamento se oían gritos: los de los heridos pidiendo socorro y otros, los de los que estaban ilesos que juraban desesperados viendo los cadáveres de sus compañeros.

      ―Hay que retirar a los muertos y llevar a los heridos a los refugios ―ordenó el teniente intentando poner un poco de orden en aquel horror―. Vamos, pongan a ese chico con los otros.

      De repente, cuando aún no habían terminado de hacer los traslados las balas empezaron a sonar de nuevo.

      ―¡Cuidado! ―gritó el teniente―. Nos están tirando desde abajo. ¡Agáchense! ¡Vuelvan a las trincheras!

    Los sanitarios protegiéndose como podían y sin hacer caso de las balas siguieron ocupándose de los heridos.

    ―¡Dispara! ¡Usa bien esa ametralladora! ―ordenó al artillero el sargento Galé en cuanto volvió a su posición.

     Él, se puso también el fusil al hombro e intentó hacer puntería. No dejaba de pensar en el chico que había perdido las piernas y tiraba con más furia que acierto.

   ―¡Hazlos retroceder, chaval! Llévate por delante a todos los que puedas. Si consiguen subir estamos perdidos.

     ―Sí, mi sargento; no pienso dejar que se aproximen ni un metro ―le contestó el de la ametralladora.

    ―¡Venga, cobardes; acercaros a las alambradas que vais a ver lo que sabemos hacer! ―increpaban los defensores de la montaña a sus enemigos.

 

    Los atacantes al ver el gran número de bajas que les estaban haciendo se retiraron; eran un blanco muy fácil para los de arriba porque no tenían nada que les protegiera.

    ―¡Muy bien, amigo! ¡Lo has conseguido! ¡Los hemos echado de nuestra montaña! ―felicitó Ángel a su compañero― ¡Teniente!, ya los hemos controlado, se alejan, ¡están huyendo!

    ―¡Qué sigan así! Sargento, no se mueva de aquí; es por el único sitio que pueden subir y tiene que estar vigilado siempre. Manténganme informado en todo momento.

   El resto de los soldados volvió a su trabajo: retiraron a los muertos y poco a poco la planicie se fue quedando vacía. Cuando acabaron todo el mundo volvió a sus trincheras; las órdenes eran claras: nadie debía salir a la explanada.

    Francisco no dejaba de mirar hacia abajo esperando ver algún enemigo intentando subir por la ladera.

     ―No te esfuerces ―le aconsejó el sargento Galé―. No van a venir. Ya han visto que por aquí no tienen nada que hacer. Se han colocado en mitad de la carretera, lejos de nuestras balas, cerrándonos la salida por este lado y no creo que se vayan a mover de ahí.

      ―¿Y desde la montañeta de los requetés? ¿Tampoco los carlistas los tienen a su alcance?

    ―Tampoco. Están igual que nosotros. Los ven pero no les tienen a tiro. Ellos están en peor situación porque su posición es más fácil de conquistar: es más baja y de mejor acceso. Son los que vinieron en julio los que están ahí: los del Tercio de Marco Bello y María de Molina. ¡Mal estreno va a tener! ¡Más les valía haberse quedado donde fuera que estuvieran!

    ―Pues sí; entre ellos y nosotros tenemos que defender el paso; hay que evitar que el enemigo llegue al pueblo por la carretera ―dijo el de Biota mirando con un poco de aprensión hacia la montaña de los requetés.

     ―¿Habrán hecho mucho daño las bombas en Quinto?―se preguntó Mateo que había regresado junto a sus amigos― Tendrían que haber evacuado a los civiles… ¡Vete a saber que le habrá pasado a esa pobre gente!

     ―Yo creo que casi todas las tiraron aquí. Con un poco de suerte, a lo mejor no les quedaban cuando pasaron por allí. ¡Con tanto polvo no se veía nada! Pero tienes razón en lo de los civiles; tantas mujeres y chiquillos… Difícil será que no les alcance alguna bala y tengamos una tragedia…

      ―Es verdad, Francisco; pero, ¿quién iba a esperar un ataque ahora? Con toda la traca que les estábamos dando por el norte y con nuestras fuerzas en las puertas de Madrid… Yo estaba convencido de que la guerra iba a terminar ya ―se explayó Ángel que no acababa de creerse lo que estaba sucediendo.

     ―Y yo también. Siempre pensé que en cuanto cayera Santander esos cobardes se rendirían ―insistió en la idea el chico.

    ―Estos son como los animales, cuando están heridos, a punto de morir, es cuando más peligro tienen ―sentenció Mateo.

    Los soldados siguieron hablando un poco más hasta que otra vez las noticias cambiaron el curso de su conversación.

   ―¡Están atacando a los del cementerio! Los que estaban apostados en el Saso han empezado a disparar sobre los nuestros ―gritó un soldado que venía del lado norte.

    ―Vete a ver qué pasa ―le ordenó el sargento Galé al biotano―.

Yo no me puedo mover de aquí.

    El muchacho se fue corriendo por la trinchera sin asomar la cabeza. Al poco rato volvió con noticias.

 

    ―Les estamos dando pal pelo a esos. Los requetés que defienden el camposanto se están portando. ¿Qué se creían? ¿Que nos íbamos a estar de brazos cruzados? Desde el alba han estado llegando tropas enemigas y los del cementerio llevaban horas esperando a que se acercaran mientras veían como cada vez se juntaban más. Los muy cobardes, no han empezado el ataque hasta que se han reunido todos. Dicen que son muchísimos.

    ―Y, ¿cuánta gente tenemos allí nosotros? Porque si son tantos como dices poco van a poder hacer.

   ―Solo hay sesenta artilleros y setenta requetés con una batería y dos ametralladoras; los rojos son por lo menos dos batallones ―dijo Francisco dando un gran suspiro.

   ―¡Dios mío! ¡Va a ser una masacre! En vez de esperar a que se reunieran, ¡se tenían que haber escapado! ¡No van a poder hacer nada contra tantos! ―exclamó Ángel pensando en el destino que les esperaba a sus compañeros.

    ―También hay otro batallón atacando a los de las parideras ―le dijo el soldado que estaba a su lado.

   Las noticias iban pasando de uno a otro, de boca a boca. Todo el campamento sabía lo que ocurría casi al mismo tiempo.

    ―Otro más está intentando llegar al pueblo por las eras ―gritó uno de los centinelas.

   ―¡Virgen Santa!, como no lleguen pronto los refuerzos, ¡se nos van a llevar por delante a todos! ―se santiguó Mateo mientras interiormente rezaba una oración.

   Los minutos iban pasando lentamente. Los disparos se oían a lo lejos y los defensores de la colina hacían esfuerzos por descubrir cuál de los bandos iba ganando.

    ―¡Los del cementerio han hecho retroceder al enemigo! ―fue la siguiente noticia que se trasmitió por las trincheras.

   Los soldados estallaron en gritos de satisfacción; sabían que aquello no podía durar mucho pero era una gran alegría en un día en la que no habían tenido ninguna.

    ―Ángel, ¿no es ahí donde están los taustanos? ―le preguntó el sargento Martínez que ya había vuelto.

   ―No, ellos paran en las parideras, menos Melero, Soria, Polica y Teodoro que están aquí arriba en el cabezo de la Nariz.

    ―Ojalá tengan suerte porque me parece que allí abajo se están llevando la peor parte. ¿Se sabe algo de los defensores del Bonastre y de la Estación? ―le dijo al soldado que le daba las noticias― Anda muchacho, pregunta a ver si saben cómo les van.

    El soldadito hizo la consulta al compañero que tenía a su lado y este al siguiente hasta que alguien dio una respuesta. Por el mismo método volvió la contestación.

     ―Siguen resistiendo.

Todos los que lo oyeron suspiraron aliviados.

    ―Cuanto más aguanten más tiempo tendremos para esperar a que lleguen los refuerzos ―le explicó Martínez al soldado que le miraba esperando un nuevo encargo.

     De repente los hombres volvieron a oír aviones pero esa vez el sonido venia de la parte de Zaragoza.

    ―¡Son los nuestros! ¡Por fin vienen los refuerzos! ―gritaron.

  ―¡Pónganse a cubierto! Las bombas no diferencian amigos de enemigos ―ordenó el teniente. Le preocupaba que fueran a equivocarse los pilotos y cayera alguna bomba sobre los suyos.

   Los aviones siguieron hasta la loma del Cornero donde estaban concentradas las fuerzas enemigas. Soltaron su carga y después se volvieron hacia su base.

    ―¡Viva el Ejército de Franco! ¡Viva la aviación! ―gritaron eufóricos los defensores de la colina cuando sus compañeros los sobrevolaron― ¡No nos han abandonado! ¡Pronto estarán aquí de vuelta!

   El capitán llegó en ese momento, también se había alegrado con la gesta de los aviones pero traía malas noticias y quería decírselas personalmente al teniente.

    ―Acaban de informar que los rojos han conseguido cortar la carretera de Mediana a Belchite. Nadie podrá llegar por ahí a Codo ni a Belchite y tampoco aquí. Menos mal que los refuerzos consiguieron llegar hasta Mediana porque si no ya tenía el enemigo una brecha por la que llegar a Zaragoza. ¿Cuántas tropas hay en Codo?

    ―No más de ciento cincuenta hombres mi capitán.

    ―Pues me parece que se van a tener que bastar con eso. En Belchite hay una buena guarnición pero no les van a poder ayudar. Si también ellos están copados bastante tendrán con defenderse.

 

    El teniente y el capitán se pusieron a hablar entre ellos sin que el resto de los hombres pudiera escuchar lo que decían hasta que el soldado que traía las noticias de Fernández les interrumpió.

    ―Capitán, han llamado de la comandancia y dicen que ya no pueden hablar con Fuentes; el enemigo ha debido encontrar la línea y la ha cortado. Nos ordenan que protejamos la nuestra, la que nos une con ellos, porque es la única forma que nos queda de comunicarnos. Dicen que cueste lo que cueste hay que conseguir mantenerla a salvo.

    ―¿Cómo vamos a pedir ayuda ahora? ―preguntó uno de los soldados que había oído la noticia.

    ―No se apure ―le tranquilizó el teniente―. Todavía tenemos el radiotelégrafo en el pueblo. En Zaragoza seguirán teniendo noticias nuestras.

   ―Las diez de la mañana y ya solo nos podemos comunicar por el radiotelégrafo… Al final del día tendremos que mandar palomas mensajeras ―murmuró bajito el taustano para que solo el sargento Martínez pudiera oír el chiste.

     ―¿Han podido subir los de los suministros?

    ―Sí, mi capitán ―contestó el alférez―. No han mandado mucho porque el comandante dijo que había que reducir la cantidad. Que no se sabía cuánto tiempo tardarían en llegar más y que abajo tienen que alimentar también a los civiles. Los hombres que los han traído se han quedado aquí, les ordenaron que no volvieran a bajar porque era muy peligroso.

    ―Muy bien. Recojan los víveres y pónganlos a buen recaudo. Disponga protección para la tubería y la línea del teléfono. Hay que mantener a salvo las dos cosas. Si cortan el agua con este calor poco podremos aguantar; y si los rojos descubren la línea nos quedaremos incomunicados. Mande replegarse a todos los hombres que están de avanzadilla; los quiero a cubierto en las trincheras.

    ―El sargento Latorre ha salido con tres más a buscar una camioneta de víveres que está cerca del camino. Los rojos le dieron esta mañana y no pudo llegar a Quinto. Han ido a intentar conseguir los suministros que llevaba pero todavía no han regresado ―le informó el teniente.

    ―Si está en la línea de tiro no sé cómo van a llegar hasta ella. Avíseme cuando estén de vuelta.

    ―¡Si es que vuelven! ―dijo por lo bajo el sargento Martínez mientras se alejaba a ayudar al alférez.

    ―¿A que están esperando? ―le preguntó Ángel al capitán― ¿Por qué no nos atacan?

    ―Porque no lo necesitan. Saben que si vienen les vamos a hacer muchas bajas y no quieren. Yo tampoco lo haría. Les sirve con tenernos aquí sin poder ayudar a los demás. Pueden hasta intentar vencernos por hambre y sed...

    ―¿No nos dejarán morir aquí al sol? ―se inquietó el soldado.

   ―Eso no importa. Nuestra vida es lo de menos. Tenemos una obligación mucho más grande. Hay que entretenerlos aquí el mayor tiempo posible. Esas son las últimas órdenes que llegaron de Zaragoza: resistir como sea. No te olvides, Galé; que somos la defensa de la capital. Hay que conseguir detenerlos hasta que las tropas que están en el norte puedan llegar a socorrer nuestra ciudad. Seguro que Franco ya está preparando un convoy para que venga en nuestra ayuda.

    ―Sí, mi capitán; lo que usted diga ―respondió el soldado sin mucha convicción.

 

   El enemigo que estaba abajo en la carreta a salvo de las balas, de vez en cuando disparaba hacia los de arriba; solo querían decirles que estaban ahí y que no les iban a dejar salir porque tampoco sus tiros alcanzaban a los nacionales.

    El tiempo iba pasando y los refuerzos no aparecían.

   ―¡Capitán! ¡Capitán! ―llegó gritando uno de los vigilantes al cabo de una hora― ¡Los de las parideras están rodeados!

   ―Venga conmigo, sargento Galé―le llamó el capitán cuando ya se estaba dirigiendo hacia el norte de la colina.

   El soldado sabía que sus paisanos estaban allí y le preocupaba mucho lo que les pudiera pasar. Así que agradeció que su superior le llevara con él.

Cuando llegaron el capitán cogió los prismáticos y con horror vio como los falangistas y los requetés que habían estado defendiendo esa posición escapaban hacia el pueblo.

   ―¡Dios mío! ¡Están huyendo! ¡Van hacia Quinto! ¡Pero por ese camino no!

   ―¡Virgen Santa! ¡Los van a coger! ―se quejaba el taustano que con la mano haciendo de visera intentaba ver algo― Allí están Pedroche, Mariano, Patarrota, y los demás.

   ―Tranquilícese. A lo mejor han podido escapar. Nunca hay que desesperarse ―intentó calmarle el oficial aunque él también estaba haciendo esfuerzos por contenerse.

   ―¡Ojalá hayan tenido suerte! ¡Qué asco de guerra! ¿Dónde están los refuerzos? ¡No van a poder con ellos! ¡Son muchos, mi capitán! ¡Los van a matar como a ratas!

    ―Quizás hayan llegado al pueblo ―se le ocurrió decir a Mateo.

   ―¡Pero si ya están atacando también allí! Eso es ir de Guatemala a Guatepeor. ¿Qué habrá sido de la señora Carmen y de su familia?

    ―¿Quiénes son esos? ¿Los que le hospedaban? Estarán en los refugios; allí no tienen peligro ―le contestó el capitán.

    ―Y, ¿cuánto van a resistir? Si siguen así dentro de nada el enemigo estará dentro del pueblo.

 

  Los hombres siguieron mirando lo que ocurría en Quinto hasta que de nuevo las malas noticias les obligaron a ocuparse de otro tema.

   ―Capitán, no tenemos comunicación con el mando. Los rojos han cortado la línea que nos unía con el pueblo. Ya no tenemos teléfono; no podemos hablar con la comandancia ―llegó diciendo esa vez Fernández: se acababa de quedar sin trabajo.

    ―Estamos aislados ―dijo el oficial resumiendo lo que todos estaban pensando―. Galé, vaya a pedir a los de intendencia los alimentos que le corresponden para sus hombres y transmita esta orden a sus compañeros: que cada sargento se haga cargo de los víveres de su tropa y los reparta él. Hay que controlarlos porque no sabemos cuánto tiempo vamos a estar aquí y nadie nos va a traer más hasta que lleguen los refuerzos.

    ―A lo mejor Latorre y los suyos…

   ―Si no han vuelto ya nunca lo harán. Puede que estén muertos o con los que nos están disparando ―le respondió el capitán que desde el primer momento se imaginó a donde había ido su subordinado.

Ángel se quedó muy pensativo. A pesar de lo mal que aquel hombre se lo había hecho pasar con el tema del ascenso en ningún momento se le ocurrió que fuera un traidor: uno de los que se pasan cuando las cosas van mal. Dejó al capitán, fue a cumplir sus órdenes y luego regresó al nido de ametralladoras donde estaban sus amigos.

    ―¿Se acuerda de lo que dije de las palomas? Pues no va a hacer falta esperar a la noche ―le dijo a Martínez que se iba en ese momento―. Ya no tenemos teléfono.

    El resto de los soldados, entre los que se encontraba Francisco y Mateo, se quedaron mirándole con el miedo reflejado en los ojos.

    ―Han caído los que estaban en las parideras. Los del cementerio y los de las eras siguen resistiendo. Venga, aprovechad para comer ahora que estos canallas nos han dejado un rato tranquilos ―les dijo mientras repartía las raciones que le habían dado en intendencia.

 

    Los hombres almorzaron en silencio; no sabían cuándo podrían volver a hacerlo y querían disfrutar la comida. Cada uno estaba pensando en sus cosas y ninguno tenía muchas ganas de hablar.

Cuando terminaron, Ángel se fue en busca de Martínez; quería dialogar con él sin que le oyera el resto.

    ―¿Tú crees que Julián conseguiría llegar a Zaragoza? ―le preguntó apeándole el tratamiento por primera vez.

   ―Bajó ayer por la mañana pero no sé si salía ese mismo día o en el tren de hoy. Me parece que en cualquier caso mal le ha pillado; no creo que se escape de este lío.

     ―Yo tampoco lo creo; el batallón al que iba era uno de los que estaban preparados para acudir de refuerzo así que si llegó debe estar por Fuentes o Mediana. ¡Vaya panorama! Por lo menos aquí hubiera estado con nosotros. El novio de mi prima Elena se fue de permiso antes de ayer; ese sí ha tenido suerte.

    ―Sí, a lo mejor se ha librado de esta pero puede que haya una bala esperándole en otro sitio…

    ―¿Crees que saldremos de aquí con vida, Martínez?

    ―No lo sé. Pero hemos pensado muchas veces que esto podía ocurrir y tenemos que hacernos a la idea de que puede ser que no lo hagamos.

    ―¿Sabes? Es mucho más duro de lo que pensaba. Siempre creí que sería un tiro que vendría y ya está pero esto… Estar esperando aquí, viendo cómo van cayendo una posición tras otra, es horroroso…

    ―Si llegaran los refuerzos…

    ―Ya están tardando por que…

   El soldado no pudo terminar la frase. En ese momento se volvieron a oír ruidos de aviones que venían de la zona de Bujaraloz.

     ―¡Corre, Ángel! ¡Al refugio! ¡Nos bombardean otra vez! ―le gritó Martínez.

 

     Los aparatos pasaron de largo porque su objetivo era la zona de la estación y el pueblo. No querían que las bombas pudieran caer sobre las tropas que tenían apostadas en la carretera.

      ―Mira, gracias a los comunistas que están allí abajo nos hemos librado ―dijo Martínez con sarcasmo.

   ―¡Nos van a dejar para el final! ―gritó su amigo desesperado―. Si no nos socorren van a ir destrozándonos poco a poco. ¡Nosotros somos la guinda del pastel!

     ―Serénate, Galé. Lo que hace falta es que se entretengan aquí todo el tiempo posible. Tenemos que darle tiempo al mando para que envié tropas a Zaragoza si no, imagínese lo que les va a pasar a los nuestros ―le explicó muy pausadamente su amigo.

     El soldado, ante la sola mención de su familia cambio de actitud. Por fin había entendido cuál era el papel que desempeñaban ahí. El miedo y la desesperación dejaron de dominarle. Se olvidó de los refuerzos, ya solo le importaba la defensa de su posición porque si caía todas las demás irían detrás y no quería ni imaginarse lo que les podía suceder a sus seres queridos.

    ―Espero que Franco ya haya mandado a las tropas porque si no nuestro sacrificio no servirá para nada ―le confesó Martínez―. Venga, vamos a ver cómo han dejado el pueblo esos asesinos; ahora habrá otro rato de calma.

 

     Durante un par de horas los cañones y los fusiles se callaron.

     ―¿Qué estarán haciendo? ¿Por qué no disparan? ―se preguntaban los hombres de la montaña.

    ―Se están preparando para atacar la zona del cementerio y la de las eras; mirad como acercan las piezas de artillería. Antes, los nuestros les hicieron retroceder y ahora no quieren que les pase lo mismo ―les explicó Martínez que no había apartado la mirada ni un momento de aquella zona―. Los quieren machacar con los cañones antes de atacar.

     ―¡Dios mío! ¡Deberían Huir! ¡Con la artillería disparándoles desde tan cerca no van a quedar ni restos de ellos!

    ―No lo saben, Galé. No tienen ni idea de lo que se les viene encima. Solo lo vemos nosotros porque estamos en alto y no podemos avisarles… ―se lamentó el capitán.

    ―¡Tendríamos que haber hecho algo más para que no nos pasara esto! ¿No pueden los requetés mandar a alguien por las trincheras y que se les diga?

   ―A lo mejor lo han hecho ya. Pero creo que les pasa como a nosotros: no pueden salir. Nadie puede socorrerlos.

 

    A las seis de la tarde la artillería republicana empezó a disparar sobre los defensores del cementerio y no dejó de hacerlo durante cuarenta minutos. Después, cuando las bombas habían destrozado todo lo que encontraron a su paso, ocho carros de combate seguidos por varias compañías de brigadistas atravesaron las alambradas y se lanzaron sobre los pocos defensores que aún estaban en pie.

   ―¡Mirad como pelean! ¡Aguantad valientes! ¡No dejéis que pasen! ―les gritaban los que estaban en el cabezo― ¡Venga amigos, que Dios está con nosotros!

 

   El fuego cruzado duró hasta la ocho momento en el que los soldados nacionales viendo que iban a ser arrollados decidieron escapar.

    ―¡Huid! ¡Corred! ¡No podéis hacer nada más! ―animaban los de arriba a sus compañeros que escapaban por las trincheras que les conectaban con el pueblo.

   ―¡Mirad! ―dijo el teniente al cabo de un buen rato. No había soltado los prismáticos desde que había comenzado el ataque― ¡Han cogido prisioneros! ¡Hay por lo menos seis hombres que llevan las manos levantadas!

     ―¿Y qué hacen los rojos con ellos? ―preguntó Francisco ante el desconcierto de sus superiores.

     ―Les han quitado las armas y se los llevan hacia sus posiciones ―le contestó el oficial.

   El soldado suspiró más tranquilo. Todos estaban pensando lo mismo. ¿Qué haría el enemigo con los prisioneros? ¿Les respetaría la vida o los fusilaría allí mismo?

 

     Conforme iban trascurriendo las horas y los refuerzos no aparecían, la idea de la derrota iba tomando forma y la mayor preocupación de los hombres era saber qué ocurriría si conseguían llegar vivos al final de la batalla y los tomaban presos.  

    ―Los rojos siguen atacando. Ahora van hacia las eras ―continuó narrando el teniente ―. Quieren terminar con todos esos valientes cuanto antes y les están tirando con los cañones igual que han hecho antes contra los del cementerio. ¡Ojalá les explotaran en sus caras! ¡Seguro que se los han mandado los rusos! ¡Y esos tanques también deben ser comunistas!

    Poco a poco, igual que había ocurrido en el cementerio, los hombres que defendían aquella posición fueron perdiendo terreno.

    ―¡Mire señor! ¡Están escapando!―Solo los que quedan vivos, Galé; veo doce o trece. Quiera Dios que consigan llegar. ¡Pobre gente! ¿Cuántos hombres habrán muerto en este rato? ―se preguntó el capitán.

    ―Todos menos los que han huido porque no se ve que hayan hecho prisioneros ―le respondió el teniente.

   El enemigo comprobó que en los refugios no quedaba nadie vivo, que la posición de las eras también era suya y siguió hacia el pueblo.

    ―¡Están disparando sobre las casas que están cerca del cementerio! ―chilló un soldado.

    ―No van a dejar ni una en pie ―suspiró el teniente.

    ―Menos mal que ahí no queda nadie; toda la gente se ha metido en el Piquete.

   ―Sí quedan, Galé. Hay tropas que se han hecho fuertes allí. Mire ―le señaló el teniente ofreciéndole los prismáticos―. Fíjese en la casa de la carnicera, están disparando desde dentro. Son los nuestros; no los van a dejar entrar tan fácilmente. Los rojos se creían que era llegar y besar el santo pero van a ver que no. Hoy aprenderán cómo se defiende un soldado nacional.

 

   Los atacantes, viendo que les hacían frente no continuaron; no estaban dispuestos a gastar vidas inútilmente. Estaba anocheciendo y sabían que sus enemigos no tenían por donde escapar.

     ―Mire, dan marcha atrás. Se han parado. Parece que ya los van a dejar en paz ―se sorprendió Ángel.

   ―No lo creas. Están colocando sus cañones apuntando hacia el río. A lo mejor van a atacar a los falangistas del Belloque ―expuso Martínez.

    Pero estaba equivocado. Los republicanos habían terminado por ese día y estaban preparando su artillería; poniéndola en buena posición para disparar al día siguiente. Ya sabían que era mejor cañonear primero antes de atacar.

   ―Se detienen. Parece que no van a seguir. Esperarán a mañana porque no quieren atacar a oscuras: nos tienen miedo ―se desahogó el teniente―. ¿Resistirán aún en la estación y en la ermita?

   ―Creo que sí. Si no, ya habrían avanzado por el norte del pueblo arrollando a los que están al lado del río ―dijo el capitán.

    ―Me gustaría saber qué ha pasado en el resto del frente.

   ―A mí también, Galé; pero eso va a ser imposible; estamos totalmente incomunicados. De todos modos no te preocupes. Seguro que no han podido romper nuestras líneas y que Zaragoza sigue segura. Si no fuera así ya lo sabríamos.

   ―Ojalá tenga razón. En fin, si no atacan por lo menos podremos dormir. Mañana necesitaremos estar frescos.

  ―Eso mismo creo yo. Teniente acompáñeme y ustedes también sargentos; vamos al refugio. Llamen también a los alféreces y usted coja el mapa Montesinos, vamos a recapitular.

    Los hombres le siguieron hasta el albergue que Ángel y sus hombres habían construido hacía unos pocos días y una vez dentro se colocaron alrededor de la mesa donde estaba el mapa.

   ―Sabemos que los refuerzos llegaron a Fuentes, Zuera, Villamayor y Mediana, así que seguro que esas posiciones no han sido tomadas. De no ser así ya estaría todo el ejército republicano sobre nosotros ―les explicó el capitán―. De Codo no tenemos noticias pero lo más probable es que haya caído; eran muy pocas las fuerzas que había allí y a menos de que les mandaran ayuda es imposible que aguantaran.

    ―¡Qué pena no haberles podido ayudar! ¿Y Belchite?―preguntó el alférez…

   ―Puede ser que aún resista. Allí había más soldados. Esa plaza, estaba muy bien fortificada.

   ―Y, ¿cómo ve nuestra situación, señor? ―quiso saber el sargento Martínez.

   ―Ahora iba a eso. En el pueblo todavía tenemos tropas aunque no podamos comunicarnos con ellos. Yo creo que la estación de Pina y la ermita también están en nuestras manos porque no se han visto enemigos por el río así que no lo tenemos todo perdido.

   ―Sí, mi capitán ―asistió el teniente― y nos quedan las fuerzas que están en el Belloque, la fábrica y la estación.

   ―Y si entre los requetés y nosotros conseguimos que esos extranjeros no entren por aquí; habremos protegido al pueblo hasta que lleguen los refuerzos y le habremos dado más tiempo a Zaragoza para organizar su defensa; así que ya sabemos lo que hay que hacer: no dejarles pasar.

     ―Sí, mi capitán ―le contestaron sus hombres casi al unísono.

   ―Esta noche será preciso estar en alerta máxima no vaya a ser que esos bellacos aprovechando la oscuridad se nos acerquen y no nos enteremos. Que los hombres hagan turnos para dormir porque cuando amanezca habrá que afrontar otro día de combates.

   ―Entonces señor, ¿cuáles son nuestras órdenes para mañana?

El oficial se quedó mirando al sargento Galé y sin dudar ni un momento le dijo: «Resistir a cualquier precio. Tenemos que mantener este paso cerrado todo el tiempo que podamos aunque sea a costa de nuestra vida».

   ―Sí, mi capitán; lo entiendo pero los refuerzos, ¿llegarán? ―le preguntó el taustano muy nervioso.

   ―No lo sé y nadie le puede contestar a esa pregunta porque solo Dios sabe lo que va a ocurrir. Mañana será un día muy largo, intente descansar y no piense en ello ―le respondió el oficial.

 

    Ángel, con muy pocas esperanzas en su alma, se marchó a dar las instrucciones a los hombres que tenía a su cargo; tenía que organizar las guardias y conseguir que descansaran lo más posible.

   ―Al acabar me iré a escribir a mi familia ―iba pensando mientras hacía su trabajo―. No sé si les llegará pero a lo mejor es la última ocasión que tengo de decirles que les quiero.

    Después de terminar sus obligaciones fue a buscar a Francisco y a Mateo que estaban esperando que les llevara noticias.

   ―¿Qué te han dicho? ¿Creen que tenemos alguna oportunidad?

  ―Claro que sí. Hoy hemos aguantado muy bien también podremos hacerlo mañana. Solo tenemos que esperar a que lleguen los refuerzos. No hay que perder la esperanza.

 

    Una vez que les tranquilizó, el sargento Galé se fue a un rincón y escribió varias cartas: a su mujer, a su hija, a sus padres, a su hermano Manolo y a su cuñado Antonio.

    Cuando terminó de despachar su correspondencia se acercó de nuevo a sus amigos y sin decir nada sacó su armónica y se puso a tocar las melodías favoritas de todos; quería aparentar que era un día como los demás.

 

    Los soldados que estaban cerca de él no dijeron nada pero su silencio era de agradecimiento. La música consiguió serenar su espíritu y hacer que pareciese que aquella era una noche normal.

 

 

 

 

 

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