Presentación de Gente de orden. Historia de una familia 1931-1936 en la Casa del Hierro de Las Palmas

2/23/2019

 

Buenas tardes,

En primer lugar quiero agradecer  a Ana Larraz, la escritora, el hecho de haberme concedido nuevamente el honor de presentar una de sus novelas, la tercera novela en solitario que escribe.

Por supuesto, gracias a Vdes. por asistir a este acto.

También quiero agradecer a  la Casa cultural y recreativa de El Hierro por cedernos el local para realizar esta presentación.

No puedo empezar este acto sin hacer mención al otro en el que Ana me hizo partícipe. En aquella ocasión la lectura de su novela sobre las vivencias de su abuelo, Ángel Galé, soldado en Quinto, un pueblo situado en el frente de Aragón durante la Guerra Civil, y las de su abuela Carmen y el resto de sus familias en el pueblo de Tauste, me permitió entender lo que quise resumir en el siguiente pensamiento:

“el escaso, o nulo sería mejor decir, derecho que tenemos los que no hemos vivido y sufrido los estragos de una guerra para pedir, y mucho menos exigir, perdón y olvido a aquellos cuya vida fue rota de forma irremediable por unos acontecimientos de los que no fueron culpables en ningún caso, sino al contrario, sólo fueron las víctimas inocentes de la inconsciencia, la irresponsabilidad y el desatino de otros”

Y en ese pensamiento, les confieso ahora, di por supuesta una verdad que quedaba por demostrar: “sólo fueron las víctimas inocentes de la inconsciencia, la irresponsabilidad y el desatino de otros”

Pues bien, la novela que he tenido la oportunidad de leer y que ahora les presento me reafirma en aquello, porque en ella, Ana nos traslada a la vida cotidiana del pueblo antes de la contienda, y  como los acontecimientos que a escala nacional iban trastocando a la nación en su conjunto, poco a poco unas veces, y de forma atropellada otras, iban también alterando esa tranquilidad de pueblo,  hasta hacer brotar salpicaduras del mal que vendría después a borbotones, sin que la vida de los protagonistas, empeñados en conseguir la felicidad de una forma sencilla, pudiera hacer nada por evitarlo.

Ana nos confiesa en la solapa del libro, que empezó a escribir las dos novelas a la vez, pero vio la luz antes la que debería, cronológicamente, haber sido la segunda.

Queda para el turno de la autora aclararnos si esta decisión la tomó conscientemente o si fue producto de otras razones. Lo que sí tengo claro es que “Gente de orden” no está escrita como lo que se denomina en la actualidad una “precuela”, puesto que la novela no se dedica a rellenar huecos que nos hubieran quedado de la primera sino que sí que aclara algunas actitudes y entendemos su porqué.

En Gente de orden, Ana nos traslada a la realidad del pueblo de Tauste en el período que va de diciembre del año 30 con la sublevación de Jaca hasta el día 16 de julio de 1936, dos días antes de que el levantamiento militar sorprendiese a Ángel trabajando en el campo.

Y lo hace, como muy bien apunta su primo Enrique Galé en el prólogo de la novela, con una intención estética más humilde y honrada que una reinterpretación novelizada de la realidad como aparece en las novelas históricas al uso, donde el autor busca siempre una vindicación ideológica; ella, por el contrario, lo hace reconstruyendo  y presentando al lector, fundamentalmente, la historia de su familia en una época conflictiva que marcó para siempre el devenir de sus participantes. Dice Enrique: “La historia política y social de la república no es lo que más importa. Simplemente la autora nos traslada de forma voluntaria… la visión parcial… para reflejar de la forma más completa y verosímil posible esa vida cotidiana colectiva de los años anteriores  a la tragedia civil;…. una experiencia familiar muy concreta y muy diferente a la que podrían contar otras personas y otras familias afectadas por esos mismos acontecimientos”.

Pero es en este punto donde, a diferencia del prologuista, yo creo encontrar una visión diferente. Me explico: Ana logra con gran acierto hacerme entender en mejor medida unas palabras de mi propio abuelo sobre aquel periodo cuando me decía “es que Vdes no lo vivieron y no pueden entender cómo estaba España para justificar o descalificar lo que ocurrió”. Conforme la autora nos va trasladando cómo afectaban todos los hechos que iban sucediendo en aquella agitada época, y que llegaban a los protagonistas por los periódicos, va uno entendiendo mejor cómo percibieron la realidad, su realidad, los protagonistas, dos familias de agricultores y ganaderos tradicionales, católicos y de  derechas; y cómo lo que ocurría a nivel nacional, se iba trasladando indefectiblemente en forma de una degeneración de su “forma de vivir” hasta el punto de que el miedo, producido por el odio entre las gentes, entre los vecinos, ya adelantaba, de una forma u otra, que el nuevo punto de equilibrio no llegaría sin violencia.

La novela, como hemos dicho, no tiene su centro neurálgico en los hechos nacionales, en la Historia de España durante la Segunda República, sino que el  núcleo es el transcurrir de la vida de sus protagonistas: sus problemas domésticos, de trabajo, de salud, de diversiones, y en ellos se detiene y se deleita: “y al final, después de pensarlo mucho, eligió un abanico de asta de toro con un estampado muy bonito de un cuadro de Goya”.

La autora enmarca de forma bastante comprensible cual era la realidad vital que vivían los habitantes de Tauste: dónde andaban con los servicios públicos, cuando nos cuenta que “tenemos que decidir si queremos o no tener agua corriente”; o la sanidad, cuando a Carmen, al buscar a la partera, le contesta un Guardia Civil “Lo siento, chica, pero no la vas a encontrar en su casa. Todos se fueron anoche, cuando empezó a crecer el río. No sé donde puede estar. Se habrá refugiado en casa de algún conocido”.

También me ha llamado la atención la detallada descripción que hace de  la posición de la mujer en un plano totalmente diferente a la del hombre. Es una constante en la novela: “y los hombres se retiraron al salón a fumar para que las mujeres pudieran recoger los platos”, “ya sabes que las novias no entran en casa del novio a menos que se muera alguien”, o “Me voy a lavar. ¡Madre! Prepáreme agua caliente que tengo el frío metido en los huesos…”

Ana, con una técnica narrativa exenta de largas descripciones y basada, por un lado, en el diálogo permanente de los personajes y, por otro, en un respeto escrupuloso por la cronología local y nacional, va tejiendo la “historia de una familia” sin olvidar la de su entorno: la vida del pueblo.

También nos expone como fue la relación con el resto de vecinos y como la diferente afinidad política, imbuida por la radicalidad imperante a nivel nacional, iba distanciando a unos y a otros, incluso enemistándoles, cada día más.

Combina de una manera bastante amena, la relación de la pareja y el vínculo que entreteje a las dos familias (hilo conductor de la novela), con los hechos que van sucediendo y que les cambian la vida en todos sus aspectos.

Así, por ejemplo, la política agraria de ida y vuelta que tuvieron los diferentes gobiernos republicanos va sembrando muchas veces de inquietud y otras, pocas, de alivio, a aquellas familias de labradores y ganaderos, generando un sentimiento opuesto de esperanza y decepción en los jornaleros sin tierra.

También puede uno sentir, leyéndola, como el Santoral determinaba el calendario. La tradición católica de las familias protagonistas marca su quehacer diario y la planificación de todas sus salidas se concretan alrededor de festividades religiosas. Es por eso fácil de entender que una de las primeras y más grandes alteraciones viniera por la actitud de la República hacia la religión. “Tampoco nos van a dejar hacer procesiones, y quieren que los cementerios pasen a pertenecer a los ayuntamientos,…   … ya no será obligatorio bautizar a los niños”.

Resulta difícil explicarse hoy en día, lo que Ana nos traslada con tanta claridad, y es que prácticamente el único medio de enterarse de  lo que ocurría en el exterior se limitara a lo que los periódicos relataban, y eso cuando no estaban secuestrados por la censura gubernamental, sólo ocasionalmente la radio del casino o los que llegaban de Zaragoza, les traían las nuevas de un modo más “rápido”.

En definitiva, con la lectura de la novela puede uno comprender, casi diría compartir, las rutinas de comida y trabajo diarios, las alteraciones que el mal tiempo introducía  en ellas, también nos describe lo elaborado y tradicional que era la relación intrafamiliar en aquellos años en el pueblo de Tauste, incluso una vez  que una pareja se casaba….

Y por supuesto, aparece la política del Gobierno, ¡Ah, la política!  y ¡las Leyes! y ¡la Justicia! …, El Estado, en definitiva. El que debería ser el medio por el que la convivencia estuviera garantizada se convirtió en aquella época, en siniestro elemento disgregador de la confianza entre los vecinos.  “Las familias de los presos nos miran mal a todos los que somos gente de orden”, y el odio fue cuajando “¡Madre, madre! ¡Está ardiendo nuestra era!”

No quiero terminar de hablar de la novela sin reflexionar, con  los momentos que nos está tocando vivir ahora,  sobre la oportunidad que nos brinda el texto para comparar, para analizar cuáles son las semejanzas y cuáles son las diferencias entre lo que ocurrió entonces y lo que está pasando hoy, porque si Don Ángel, el padre del soldado, decía entonces:

“Ya os decía yo que el Parlamento se ha convertido en una taberna. Allí no se puede decir nada sin que te insulten. ¡Qué ejemplo de esa gente a todos los demás!”

Que no podremos decir nosotros de lo que estamos teniendo que oir a nuestros parlamentarios en la actualidad…

Espero no tener que leer nunca lo que sí se leyó entonces: “Dice el periódico que incluso algún diputado sacó una pistola”

Leer la novela, conocer y documentarnos como ha hecho la autora sobre lo ocurrido entonces nos permitirá reflexionar sobre cuáles fueron los errores que debilitaron a aquella democracia y cuáles son las fortalezas que no debemos poner en peligro en la actual para no repetir el desastre.

Paul Preston, el prestigioso historiador británico, cuando escribió su libro sobre la segunda República le puso como  título “La destrucción de la democracia en España”; por eso, lástima me da ver también que lo dicho por el padre de Carmen aquel 16 de julio de 1936,  “No entiendo estas cosas, pero lo que está claro es que, en estos momentos, España está dividida en dos bandos que se odian. Y lo principal: nuestros gobernantes no paran de ayudar a ello”, puede, si seguimos por donde vamos, volverse a hacer realidad; y entonces sí que habremos malogrado tantos años de paz y concordia.

Muchas gracias.

 

 

 

 

 

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