Presentación del libro «Gente de orden. Historia de una familia 1931-1936» por Héctor H. López

10/24/2018

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Siempre resulta complicado, cuando se echa la vista atrás en el tiempo, desprenderse de las convenciones, de las propias creencias, de la visión que tu momento tiene de los hechos o actitudes pasadas. Esa es la primera barrera a la que se enfrenta todo historiador: entender el contexto, la idiosincrasia propia del período que analiza y no sucumbir a los juicios desde su presente, sino tratar de comprenderlos desde el presente que los datos y las fuentes puedan ofrecerle.

Adelanto la reflexión porque esta novela, que he tenido el placer de repasar “preparto”, colocará al lector ante esa tesitura. Si bien su concepción es bastante más antigua, su hermana menor, La fotografía: historia de un soldado (1936-1937), vino al mundo con anterioridad. Gente de orden: historia de una familia (1930-1936) aparece ahora por circunstancias que no vienen al caso. Y lo hace con la desventaja de saberse enfrentada a una obra más moderna y con una escritora más madura, en parte gracias a lo aprendido durante esta primera gestación. Por ello, además de frente al argumento, deberemos aplicar la perspectiva también a la propia forma en que Ana Larraz nos presenta la historia.

De todas formas, las comparaciones con su predecesora serán inevitables, como saben bien todos aquellos que no sean hijos únicos. Y yo renunciaré a ellas en la medida de lo posible. Ambas nacen de fuentes bien conocidas por la autora, material de primera mano y de una carga emotiva apabullante. La Fotografía, de las cartas que el abuelo le mandaba a su esposa desde el frente; Gente de orden, de las vivencias de los protagonistas que lograron sobrevivir. Así que ambas poseen unos cimientos sólidos.

Sobre esa roca, Ana Larraz desgrana una doble línea argumental. El eje principal es la relación de Ángel Galé y Carmen Galé, no en vano, el libro comienza cuando se formaliza el noviazgo entre ambos. El día a día de su relación nos conducirá de preocupación en preocupación, de sobresalto en sobresalto, de alegría en alegría, hasta el nacimiento de su hija, Carmencita, cuyo retrato da nombre al volumen precedente en edición, pero posterior en las fechas que abarca.

Junto a la pareja, sus padres, hermanos, tíos y primos, amigos y vecinos, conforman un coro sensible al convulso tiempo que les toca vivir. El noviazgo se formaliza coincidiendo con la proclamación de la II República española; la salida a la calle de su pequeña, con el asesinato de Calvo Sotelo. Con todo, esa gran historia no hace sino explicar la que de verdad se nos cuenta en el libro: la pequeña historia cotidiana de dos familias de agricultores taustanos, católicas y conservadoras.

Así veremos, siempre a través de sus ojos, morir una monarquía y nacer una república; las consecuencias de la sublevación de Jaca; promulgar una Constitución; los sucesivos gobiernos, convocatorias electorales y leyes nacidas, derogadas y resucitadas; las revoluciones, sus represalias y amnistías; las huelgas, enfrentamientos y violencias que llevaron a España al borde del precipicio. Pero, para las dos familias Galé ―y para la autora―, todo eso se traduce en una lucha cotidiana, mucho más básica, como es la de la vida diaria. Saber si podrán salir de paseo entre tantos follones, trabajar sus campos, bautizar a sus hijos o enterrar en sagrado a sus deudos; acudir a las procesiones en las fiestas o en Semana Santa.

Ana Larraz se mantiene ―y nos mantiene― al margen de opiniones políticas. Es evidente que, si empatizamos con los personajes, si les cogemos cariño, nos parecerán mejores las cosas que a ellos les hacen felices y nos indignarán las que les incomoden, reiremos en sus fiestas y lloraremos sus desgracias. El país se va polarizando con encono y, a lo largo de las páginas, vemos que la familia comulga con las ideas conservadoras, con la derecha; y así nos lo narra la autora, no porque ella las comparta o las deje de compartir, sino porque está contando lo que sus personajes vivieron y cómo lo vivieron.

Como he dicho al principio, debemos afrontar estas páginas sin recurrir a postulados actuales, sin la mácula de conocer el devenir posterior, las consecuencias de todo aquello; porque ellos las desconocían. Ambas familias, aun teniendo sus ideas ―y expresándolas y defendiéndolas, en ocasiones incluso con fiereza, ¿por qué no?―, siempre huyen de la significación política, del enfrentamiento. Ante una izquierda radical y militante, y una derecha cada vez más exacerbada, anhelan vivir y dejan vivir, bajo la protección de su Virgen de Sancho Abarca y el imperio de la ley, que acatan incluso cuando la consideran injusta o les perjudica. Desean que las cosas continúen «como siempre han sido», se consideraban, en el sentido más intuitivo del término, el que subyace, por ejemplo, en el himno de la Guardia Civil, sencillamente «gente de orden».

 

 

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