• Ana Larraz Gale

Así comenzó la batalla: 23 de Agosto de 1937

Actualizado: 13 de dic de 2019


la fotografia.

Hacia las once de la noche, algo llamó la atención del centinela que estaba de guardia. Corriendo, el soldado fue a comunicárselo a su superior.

―Sargento Galé; creo que he visto luces por la loma del Cornero.

―¿Qué luces va a haber por aquel lugar? Serán las estrellas.

―También me ha parecido oír relinchos de caballos y voces ―insistió.

―Vamos a ver ―dijo Ángel que como cada noche después de dar la vuelta de inspección, acababa de dejar durmiendo en el refugio al alférez.

No quería molestar sin motivo a su superior porque le faltaban solo dos días para obtener su permiso y le preocupaba que algo pudiera estropearlo; así que decidió no despertarlo por el momento.

Los dos hombres fueron hacia el punto de observación del suroeste en donde estaban las ametralladoras. Como había dicho el centinela, el sargento también notó que algo raro pasaba. Había un sonido que venía de la loma del Cornero, justo donde el soldado había dicho que había visto luces. Además, parecía que había movimiento por la carretera de La Zaida y comprobaron que se oían más ruidos de lo normal.

―Algo pasa ―dijo ya completamente seguro el suboficial―. Vamos hasta el cabezo de la Nariz y les preguntaremos a los falangistas si ellos han visto algo; desde allí se apreciará mejor.

Cuando los dos hombres llegaron se encontraron con toda la guarnición levantada y un poco alarmada. Desde allí se distinguían perfectamente luces moviéndose a lo lejos y no había el silencio habitual.

―Vaya a buscar al alférez ―le ordenó Ángel al centinela―. Estoy oyendo ruido de motores y relinchos de caballos. Yo me quedo aquí con estos a esperarle.

Sus amigos: Soria, Polica el mayor y Pelacho, también estaban despiertos y pendientes de lo que pasaba.

―¿Qué crees que es esto, Galé? ―le preguntaron.

―No lo sé. A ver qué dice el alférez pero para mí que lo que ocurre es que el enemigo se está acercando y creo que esta vez no vienen unos pocos; es mucho ruido el que hay. No es como cuando nos atacaron en julio ―les contestó.

El alférez no se hizo esperar y enseguida se hizo cargo de la situación.

―Creo que mañana vamos a tener lío de verdad ―dijo―. Hay que dar la alarma, no sé a dónde va esa gente pero se están acercando y de noche así que no deben de tener muy buenas intenciones.

Inmediatamente Fernández, el soldado encargado de las comunicaciones, llamó por teléfono a la comandancia y desde allí se informó a todo el frente que se puso en alerta.

―Ya hemos pedido refuerzos; no podemos hacer nada más. Esos desalmados pensaban que no les íbamos a oír acercarse pero se van a llevar una buena sorpresa ―les explicó el alférez.

―¿Cree usted que es la gran ofensiva? ¿Esa de la que tanto tiempo llevan hablando?

―Puede ser pero hasta que no amanezca no nos vamos a enterar. No sabemos cuántos son; pero estoy seguro de que algo está pasando y que no es bueno para nosotros. Lo que hace falta es que desde Zaragoza se tomen las medidas precisas por si acaso es lo que usted ha dicho. Lo malo es que ahora no hay muchas fuerzas en la capital que puedan venir a socorrernos; tenemos la mayor parte en el frente del norte. Si es la ofensiva han sabido elegir bien el momento ―dijo el oficial con gran pesar.

―Por eso estaban los mandos formando el batallón al que se han ido nuestros amigos; para casos como este, ¿verdad mi alférez?

―Sí, sargento; para acudir a donde haya necesidad. Muy mala suerte tendríamos si al primer sitio al que van a tener que ir es a socorrernos a nosotros.

―Seguro que no hace falta. Lo que les pasa a los rojos es que deben estar muy rabiosos por las pérdidas que están teniendo en Santander y se quieren vengar dándonos un susto.

―Pero ahora, nosotros estamos en peores condiciones que nunca y ellos lo saben. No despierte a los hombres; si como me temo esto es un ataque en toda regla, necesitaremos que mañana estén bien espabilados y ahora, todavía está muy lejos el enemigo para infringirnos algún mal.

―A sus órdenes, mi alférez ―contestó el taustano mientras pensaba que no sabía quién iba a poder descansar esa noche.

La noticia ya se había extendido y los doscientos cincuenta hombres que formaban la guarnición de aquel monte estaban pendientes de todo lo que sucedía.

A las cuatro de la madrugada los soldados que habían podido dormir fueron despertados por un intenso bombardeo.

―¡Alarma! ¡Arriba! ¡Nos atacan!

―¿Qué sucede? ¿Qué pasa? ―se preguntaban los hombres mirándose sorprendidos unos a otros.

―Se oyen tiros por la zona del Bonastre.

―Fernández, llama a Fuentes y averigua qué está pasando ―ordenó el capitán que desde que el alférez le había informado de la situación había estado recorriendo todos los puntos de observación de la posición y ahora corría al del norte; al que se encontraba en la ladera más pegada al pueblo y desde donde se divisaba todo Quinto y sus alrededores.

―Dicen que los rojos han cruzado el río por Pina. Están atacando la estación del ferrocarril y la ermita del Bonastre ―contestó el muchacho en cuanto obtuvo la información.

―Pregúntales cuántas fuerzas tienen allí.

―Informan que en la estación hay ciento cincuenta hombres y en la ermita treinta y tres artilleros.

―¿Pero no había en el Bonastre un regimiento de caballería?

―Se debe haber ido, mi capitán.

―Esperemos que puedan resistir. ¡Son muy pocos! ¡Qué mala suerte que no estén allí los de caballería! Ese punto es muy importante, si los rebasan lo siguiente será el paso del Belloque. Querrán traer más gente por ahí. Luego irán a por los que vigilan el río desde la vía del ferrocarril y por último a por los de la estación de Quinto.

―¿Tenemos suficiente gente? ¿Quién para en esas posiciones? ―preguntó Ángel muy bajito al sargento Martínez que también estaba allí.

―Hay setenta falangistas en el paso y unos ciento cincuenta soldados de infantería vigilando por la ribera; tienen una ametralladora, un mortero y me parece que un cañón pequeño y en la estación no se los que hay. ¿No estaban tus paisanos?

―Me parece que ellos andan por las parideras. Pero por lo que dice, tenemos muchas fuerzas en esa parte. Seguro que pueden con ellos y los detienen hasta que lleguen los refuerzos. No hay que preocuparse, ¿verdad?

―No sé qué decirte. Se oyen muchos cañonazos; me parece que los atacantes son bastantes más que los que somos nosotros. Date cuenta de que como consigan rebasar la ermita y la estación de Pina, se harán con el dominio del río y nos vamos a ver en un aprieto porque tendrían abiertas las puertas para cruzar desde Pina.

Ángel se quedó pensando en las palabras de Martínez; la situación parecía más seria de lo que él había pensado.

―¡Capitán! ¡Capitán! ―gritó Fernández al poco rato― ¡Han llamado de la comandancia! ¡Los rojos están atacando Fuentes! Dicen que hay una brigada de caballería y otra de infantería. Han debido ir avanzando por la noche y al amanecer los nuestros se los han visto delante. Están combatiendo.

―No hay duda; es la gran ofensiva. Menos mal que dimos la voz de alarma y avisamos. ¿Qué sabemos de los refuerzos?

―Según han informado están llegando a Fuentes ahora mismo mi capitán ―le respondió el de transmisiones.

―Gracias a Dios que han llegado a tiempo si no ahora estarían acorralados. Si se pierde esa posición detrás de ellos irá Zaragoza.

Los hombres se miraban consternados unos a otros mientras seguían oyendo los tiros que venían de la estación de Pina.

―¡Capitán! Han vuelto a llamar de Quinto. ¡También están atacando Zuera! ―gritó el telefonista al cabo de diez minutos.

―¿Y resisten? ¿Podrán aguantar?

―Parece que sí. Han dicho que les han cortado la carreta y el ferrocarril pero que está llegando ayuda de la capital.

―Bien por esos valientes seguro que podrán con ellos. Hay una buena guarnición allí, igual que en Fuentes. Si el ataque ha empezado por esa zona, es porque los rojos están tratando de evitar que llegue socorro a Zaragoza por Huesca; si cae Zuera las tropas oscenses no podrán pasar por ahí.

―Villamayor también está siendo atacada, capitán; pero dicen que están repeliendo la agresión. Informan de que han llegado refuerzos y que no piensan dejar que nadie pase por allí. Nos han llamado ellos directamente ―comunicó Fernández que nunca había tenido tanto trabajo como hasta aquel día.

―Menos mal que han conseguido reforzar la zona. Con un poco de suerte, pronto superarán a los enemigos, romperán el cerco por Fuentes y nos llegará la ayuda a nosotros. ¿Cómo están los del Bonastre? ―preguntó el capitán.

Ángel, que tenía los prismáticos en eso momento fue quien le contestó.

―Como pueden, mi capitán. Son cuatro gatos comparados con los que les atacan. Por lo menos hay un batallón enemigo al pie de la colina. No sé si podrán resistir mucho…

―Los que están arriba son españoles de verdad. No como esa cuadrilla de extranjeros sin Dios ni patria; además tienen a la Virgen del Bonastre de su parte. Verán como sí aguantan y los de la estación también. No van a dejar que los rojos lleguen al pueblo.

Como si todo el mundo quisiera llevar la contraria al oficial no pasaron más de cinco minutos cuando se volvieron a oír voces llamándole.

―¡Capitán! ¡Capitán! ¡Venga! ―le pidió el teniente Montesinos que estaba apostado en el punto de observación del suroeste― Mire lo que sale de detrás de la loma del Cornero: son muchísimos soldados y vehículos. Me temo que vienen hacia aquí; ya no hay duda.

―Tiene razón, teniente; hay por lo menos una brigada y traen tanques y cañones.

―¡Dios mío! ¡Nunca había visto tanta gente junta! ―dijo Francisco.

El resto de los hombres miraban asustados avanzar al enemigo hacia ellos. Nadie hablaba; había poco que decir.

Un soldado mandado por Fernández llegó al poco rato con más noticias.

―Capitán, han llamado desde la comandancia. Dicen que hay enemigos en el Saso. Los están viendo. Dicen que se están acercando a las parideras y al cementerio y que por lo menos hay tres mil hombres.

―¡Dios mío! ¡Esto va a ser el fin! ¿No habrán querido decir trescientos? Esas posiciones tienen que resistir hasta que lleguen los refuerzos; si no, ¡el pueblo está perdido! ¡Son su defensa! No debemos preocuparnos mucho ―intentó rectificar el oficial al ver la cara de sus hombres―. Tenemos buenas fortificaciones allí. Aunque el enemigo sea mucho podrán detenerlos. ¡Sargento!, traiga un plano.

El capitán, el teniente y uno de los alféreces, se inclinaron sobre el mapa que Martínez había extendido sobre la piedra que hacía las veces de mesas de operaciones.

―Vamos a ver. Todos los que vienen de la loma del Cornero tienen que pasar por la carretera. Ahí los tenemos a tiro, tanto los requetés que están en la montañeta como nosotros; les podemos hacer mucho daño. Si conseguimos evitar que crucen antes de que lleguen los socorros estamos salvados.

―Sí, capitán. Si todo el ataque viene por aquí los podemos parar ―confirmó el teniente―. Lo malo es que hay otra brigada por el oeste amenazando las posiciones del cementerio, las eras y las parideras y si son tres mil hombres lo vamos a tener difícil.

―En eso lleva razón. El problema está allí. Aunque los soldados que hay dentro del pueblo y los que queden en los Baños les ayuden ―siguió diciendo el capitán― no sé si podrán detenerlos; son muchísimos menos.

―La gente de Quinto colaborará en la defensa. Podremos contar con doscientos o doscientos cincuenta hombres más.

―Espero que tenga razón, teniente; ¡que todas las manos serán bien venidas! ―dijo el oficial al mando concentrándose de nuevo en el mapa― También tenemos a los que han cruzado el Ebro y están atacando la ermita y la estación de Pina. Los podrían socorrer los falangistas que están a lo largo de la vía pero entonces dejarían al descubierto el paso del río y sería peor el remedio que la enfermedad; me temo que se las tendrán que arreglar solos.

―De todas maneras, cuando nuestras tropas rompan el cerco de Fuentes, ellos serán los primeros que recibirán la ayuda. Y si los refuerzos han llegado ya a Villamayor, Mediana, Zuera y Fuentes, no tardarán mucho en acabar con el enemigo y llegar hasta allí ―indicó el teniente señalando dichos pueblos en el mapa.

―Capitán, nos comunican que Codo está siendo atacado desde el amanecer. Dicen que hay fuerzas enemigas tanto por el camino de Quinto como por el de Belchite ―llegó otra vez diciendo el soldado que Fernández había elegido para enviar las noticias; ya no podía dejar el teléfono solo porque no paraba de sonar―. Por lo justo pudo entrar esta mañana el camión de Belchite que les lleva los suministros. Los que iban en el vehículo se han tenido que quedar allí, no han conseguido salir.

―Esto empeora aún más la situación. Los tienen rodeados y a nosotros nos han cortado la ayuda que nos podría llegar por ese lado. Si toman Codo, las tropas que nos manden por Belchite no podrán llegar hasta aquí. Me temo que los rojos han hecho una maniobra envolvente: ¡Nos están atacando por todas partes! Tendremos que esperar todavía un poco más para ver si estoy en lo cierto; pero por desgracia creo que tengo razón.

Mientras los oficiales seguían comentando las explicaciones del capitán intentando decidir cuál era la mejor manera de afrontar el ataque si se producía; el soldado volvió y con peor cara.

―Han llamado de la comandancia, mi capitán. Dicen que han perdido la comunicación con Zaragoza. El enemigo ha cortado las líneas de teléfono y las del telégrafo ―informó el muchacho que estaba comprendiendo en ese momento la importancia de su trabajo.

―¡Y no son más que las siete y media! ¡Casi no hemos empezado el día y ya nos vemos así! Menos mal que colocamos esta línea con el pueblo por el interior porque si no; ya estaríamos aislados. ¿Siguen en el pueblo comunicados con Fuentes? También colocaron una línea solo para ellos.

―Sí, mi capitán; y dicen que están repeliendo el ataque y que les hacen muchas bajas al enemigo.

―Eso es lo que hace falta que en el Bonastre y en la estación de Pina necesitan ayuda cuanto antes. ¿Han dicho cuándo creen que podrán llegar hasta aquí?

―No, no han comunicado nada.

El oficial junto con su plana mayor entre los que se encontraban los sargentos Martínez y Galé, se encaminaron al punto de observación del suroeste. El centinela que estaba allí les había mandado aviso de que tenía al enemigo a la vista.

―Ángel, mira. Todos esos vienen hacia aquí ―le dijo el zaragozano a su amigo muy bajito para que nadie le oyera―.¿Cómo les vamos a parar? Hay por lo menos treinta o cuarenta tanques, llevan baterías y muchos cañones. Es imposible detenerlos. Son todo un Ejército y nosotros cuatro gatos...

―Ánimo que los tanques no pueden subir montañas y tenemos las alambradas y nuestros cañones. ¡No van a pasar por aquí! Seguro que los refuerzos llegan pronto ―les dijo el teniente que los había escuchado.

Estaban justo encima de la carretera y desde allí observaban perfectamente cómo se movía el Ejército republicano.

―Galé, usted quédese aquí a cargo de las ametralladoras y usted Martínez acompáñenos. El enemigo todavía está lejos pero quiero estar informado de cualquier cosa que suceda. ¿Me ha oído bien, sargento? ―preguntó el capitán mientras salía después de haber obtenido una respuesta satisfactoria.

Los oficiales se fueron a hablar con los falangistas que defendían el cabezo de la Nariz. Esa era la zona más alejada de la planicie y la que había sido hasta entonces el punto más cercano al frente; las cosas habían cambiado y había que coordinar la defensa.

Mientras caminaban empezaron a oír ruidos de motores que venían de la zona de Bujaraloz.

―¡Cuidado! ¡Son aviones enemigos! ―gritó un centinela.

Los hombres se lanzaron al suelo y los que pudieron a las trincheras. Al momento los aparatos estaban encima; dejaron caer sus bombas sobre ellos y continuaron soltando su carga sobre el pueblo y el cementerio hasta que ya ligeros se perdieron en el horizonte.

El ataque solo duro cinco minutos pero el destrozo fue mucho. Los bombarderos habían ido muy bajos; los republicanos no querían equivocarse y dañar a sus tropas. Lo habían hecho muy bien: el campamento estaba destrozado.

―¿Estás bien Francisco?

―Solo sordo, Ángel. Y, ¿tú?

―Bien, han caído cerca. ¿Cómo les habrá ido a los demás? Mateo estaba donde los refugios en el lado norte… Vamos a salir a ver si podemos ayudar.

―¡Auxilio! ―pedía un soldado no muy lejos de donde estaban; una bomba le habían arrancado las piernas.

Los dos hombres corrieron a ayudarlo pero mientras intentaban darle un poco de agua el muchacho dejó de gritar: estaba muerto.

Los sanitarios y los soldados se desvivían por atender a los hombres. Por todo el campamento se oían gritos: los de los heridos pidiendo socorro y otros, los de los que estaban ilesos que juraban desesperados viendo los cadáveres de sus compañeros.

―Hay que retirar a los muertos y llevar a los heridos a los refugios ―ordenó el teniente intentando poner un poco de orden en aquel horror―. Vamos, pongan a ese chico con los otros.

De repente, cuando aún no habían terminado de hacer los traslados las balas empezaron a sonar de nuevo.

―¡Cuidado! ―gritó el teniente―. Nos están tirando desde abajo. ¡Agáchense! ¡Vuelvan a las trincheras!

Los sanitarios protegiéndose como podían y sin hacer caso de las balas siguieron ocupándose de los heridos.

―¡Dispara! ¡Usa bien esa ametralladora! ―ordenó al artillero el sargento Galé en cuanto volvió a su posición.

Él, se puso también el fusil al hombro e intentó hacer puntería. No dejaba de pensar en el chico que había perdido las piernas y tiraba con más furia que acierto.

―¡Hazlos retroceder, chaval! Llévate por delante a todos los que puedas. Si consiguen subir estamos perdidos.

―Sí, mi sargento; no pienso dejar que se aproximen ni un metro ―le contestó el de la ametralladora.

―¡Venga, cobardes; acercaros a las alambradas que vais a ver lo que sabemos hacer! ―increpaban los defensores de la montaña a sus enemigos.

Los atacantes al ver el gran número de bajas que les estaban haciendo se retiraron; eran un blanco muy fácil para los de arriba porque no tenían nada que les protegiera.

―¡Muy bien, amigo! ¡Lo has conseguido! ¡Los hemos echado de nuestra montaña! ―felicitó Ángel a su compañero― ¡Teniente!, ya los hemos controlado, se alejan, ¡están huyendo!

―¡Qué sigan así! Sargento, no se mueva de aquí; es por el único sitio que pueden subir y tiene que estar vigilado siempre. Manténganme informado en todo momento.

El resto de los soldados volvió a su trabajo: retiraron a los muertos y poco a poco la planicie se fue quedando vacía. Cuando acabaron todo el mundo volvió a sus trincheras; las órdenes eran claras: nadie debía salir a la explanada.

Francisco no dejaba de mirar hacia abajo esperando ver algún enemigo intentando subir por la ladera.

―No te esfuerces ―le aconsejó el sargento Galé―. No van a venir. Ya han visto que por aquí no tienen nada que hacer. Se han colocado en mitad de la carretera, lejos de nuestras balas, cerrándonos la salida por este lado y no creo que se vayan a mover de ahí.

―¿Y desde la montañeta de los requetés? ¿Tampoco los carlistas los tienen a su alcance?

―Tampoco. Están igual que nosotros. Los ven pero no les tienen a tiro. Ellos están en peor situación porque su posición es más fácil de conquistar: es más baja y de mejor acceso. Son los que vinieron en julio los que están ahí: los del Tercio de Marco Bello y María de Molina. ¡Mal estreno va a tener! ¡Más les valía haberse quedado donde fuera que estuvieran!

―Pues sí; entre ellos y nosotros tenemos que defender el paso; hay que evitar que el enemigo llegue al pueblo por la carretera ―dijo el de Biota mirando con un poco de aprensión hacia la montaña de los requetés.

―¿Habrán hecho mucho daño las bombas en Quinto?―se preguntó Mateo que había regresado junto a sus amigos― Tendrían que haber evacuado a los civiles… ¡Vete a saber que le habrá pasado a esa pobre gente!

―Yo creo que casi todas las tiraron aquí. Con un poco de suerte, a lo mejor no les quedaban cuando pasaron por allí. ¡Con tanto polvo no se veía nada! Pero tienes razón en lo de los civiles; tantas mujeres y chiquillos… Difícil será que no les alcance alguna bala y tengamos una tragedia…

―Es verdad, Francisco; pero, ¿quién iba a esperar un ataque ahora? Con toda la traca que les estábamos dando por el norte y con nuestras fuerzas en las puertas de Madrid… Yo estaba convencido de que la guerra iba a terminar ya ―se explayó Ángel que no acababa de creerse lo que estaba sucediendo.

―Y yo también. Siempre pensé que en cuanto cayera Santander esos cobardes se rendirían ―insistió en la idea el chico.

―Estos son como los animales, cuando están heridos, a punto de morir, es cuando más peligro tienen ―sentenció Mateo.

Los soldados siguieron hablando un poco más hasta que otra vez las noticias cambiaron el curso de su conversación.

―¡Están atacando a los del cementerio! Los que estaban apostados en el Saso han empezado a disparar sobre los nuestros ―gritó un soldado que venía del lado norte.

―Vete a ver qué pasa ―le ordenó el sargento Galé al biotano―.

Yo no me puedo mover de aquí.

El muchacho se fue corriendo por la trinchera sin asomar la cabeza. Al poco rato volvió con noticias.

―Les estamos dando pal pelo a esos. Los requetés que defienden el camposanto se están portando. ¿Qué se creían? ¿Que nos íbamos a estar de brazos cruzados? Desde el alba han estado llegando tropas enemigas y los del cementerio llevaban horas esperando a que se acercaran mientras veían como cada vez se juntaban más. Los muy cobardes, no han empezado el ataque hasta que se han reunido todos. Dicen que son muchísimos.

―Y, ¿cuánta gente tenemos allí nosotros? Porque si son tantos como dices poco van a poder hacer.

―Solo hay sesent