• Ana Larraz Gale

El Jueves Lardero de 1933

La primera huelga


En casa de Carmen y de Ángel se seguía con muchísimo interés, el desarrollo de la nueva ley de arrendamientos y las expropiaciones que el gobierno quería llevar a cabo. A ellos no les iban a quitar tierras para arrendar, pero, como se temían, muchas de las fincas que trabajan como llevadores estaban en ese momento en litigio.

―¡El alcalde se ha ido a hablar con el gobernador! ―llegó diciendo Antonio el Jueves Lardero, cuando volvió del monte con Carmen y María.

Sus hermanas se habían ido al campo a merendar junto con sus amigas, como mandaba la tradición, y, como llegó pronto de trabajar, se fue a recogerlas. Estando allí con ellas, se entretuvo leyendo el periódico y vio la noticia.

―Hijo, ¿no puedes descansar ni un poco? A ver, ¿qué ha hecho esta vez nuestro regidor? ―le recriminó don Ángel al verlo llegar con la prensa en la mano.

―Pues, como no consiguió que le dieran las tierras que pedía, se fue a ver al gobernador civil para pedirle que hiciera algo, y este ha dicho que va a imponer sanciones a los labradores que no quisieron acudir a la cita.

―Hombre, normal que se enfadara... Si les llama y no van, de alguna manera tendrá que hablar con ellos… No te preocupes, que la multa será pequeña.

―Si eso no es lo importante, padre. Lo peor es que los de la UGT y la CNT dicen van a declarar una huelga el día 2 a menos que se arregle el tema.

―¡Pues vaya solución de narices! ―dijo don Ángel.

―¡Es que están que trinan! Cuando vieron que no había forma de que los propietarios les arrendasen tierras, fueron al ayuntamiento a exigir que por lo menos el consistorio les cediese las suyas, las que tienen arrendadas a los labradores; pero el alcalde les dijo que con las leyes en la mano no se les podía obligar a los arrendatarios a dejarlas y que, encima, el municipio necesita las perras que cobra por ellas para mantenerse, así que la respuesta fue negativa.

―¡Pues vamos a estar bien como empiecen las huelgas otra vez! ¿Han venido ya tus hermanas?

―Estaban en la puerta, despidiéndose de las primas Usán.

―Cuando entren les dices que mucho cuidado estos días, que cuanto menos salgan mejor. Si hay líos por la calle no quiero que ellas están en medio…

Antonio se fue a buscar a las chicas y les dio el recado de su padre.

―Y Ángel que quería ir al baile de carnaval…―no pudo dejar de decir Carmen al oír la noticia.

Todo el pueblo se mantuvo aquellos días preocupado y, sobre todo, expectante.

El primero que movió ficha fue el gobernador, quien llamó a los mismos labradores que habían hablado con el alcalde y a los que no habían acudido, pero, aunque esa vez todos se presentaron, tampoco consiguió llegar a ningún acuerdo.

El Miércoles de Ceniza era el día tope que los obreros habían dado para que les consiguiera tierras para arrendar y, si no era así, amenazaban con ir a la huelga.

Esa misma mañana, Francisca llamó a sus hijas pequeñas y les dijo que se prepararan para ir a la iglesia.

―No deberíais ir a que os pongan la ceniza―le recomendó su marido antes de irse al campo.

―Mira, Ángel, si cada vez que declaran una huelga o preparan un jaleo los revoltosos me quedo en casa, dentro de nada no voy a necesitar ni ropa de salir ―le contestó su esposa.

―Date cuenta de que los obreros están muy revueltos y que os estarán esperando en la puerta de la iglesia.

―Me da igual. Estoy de acuerdo en que no dejaras ir a tu hija al baile de carnaval, pero a las obligaciones no vamos a faltar.

Las chicas ya estaban preparadas en la puerta de la cocina, esperando a ver en que quedaba la conversación de sus padres.

―Pues venga, entonces vamos todos. Carmen, ve a llamar a tu hermano, que está aún en el corral. Dile que iremos más tarde al campo. Vamos primero a que nos hagan la imposición que, según tu madre, es el mayor deber que tenemos hoy.

Los cinco se encaminaron hacia la iglesia, pero por la esquina de Berroy, por el camino largo. No tenían ganas de pasar por la Abadía. Sabían que estarían allí los de la UGT esperando las noticias que llegaran desde Zaragoza y no tenían ganas de verlos.

Por la noche y, ante la falta de resultados, los representantes de los dos sindicatos declararon la huelga para el día siguiente.

Ángel fue el primero en enterarse de la noticia.

―Mañana no podremos ir al campo.

―¿Cómo lo sabes? ―le preguntó su suegro.

―Porque al venir para aquí me he encontrado con Enrique Castillo y me ha dicho que su padre ya ha vuelto de la cita que tenía con el gobernador. Dice que los labradores le han propuesto una fórmula para que se la entregara a los obreros. El gobernador se la ha dado al alcalde y él se la ha llevado a los representantes de los jornaleros, pero estos la han rechazado. No ha habido acuerdo.

―Pues en cuanto lo sepan los de aquí empezarán los jaleos. Hoy vete pronto a casa ―le recomendó don Ángel antes de salir del comedor en busca de su mujer para darle la noticia.

―¡Otra vez encerradas! ―se quejó María en cuanto su padre se marchó.

―¡Es que ya está bien! Nos hemos quedado sin carnavales y, si seguimos así, también sin San José.

―No seas exagerada, Carmen. Pronto se resolverá este lío.

―Pues no sé cómo. De momento, mañana en casa, ¡y veremos hasta cuándo!

El joven no le llevó la contraria a su novia porque sabía que estaba en lo cierto, así que cambió de tema y, cuando le pareció prudente, se fue a su casa. Siempre le hacía caso a don Ángel; no quería que le llamara la atención.

Sin poder reprimir su curiosidad, pasó por la Abadía. El local de la UGT se encontraba lleno. Los obreros estaban celebrando su asamblea y, desde fuera, el joven oyó cómo decían que la huelga era inevitable.

―Mañana me va a tocar madrugar ―se fue pensando el chico de camino a casa―. Seguro que ponen piquetes, así que, si quiero salir a sembrar, tendré que levantarme antes que ellos.

Y tal y como pensaba el joven, sucedió. Al día siguiente, de madrugada, los piquetes hicieron su aparición. Unos se colocaron en las salidas del pueblo, impidiendo que la gente fuera a trabajar; otros se quedaron dentro de la villa, haciéndose dueños de las calles y obligando a los comercios a cerrar.

Al saberlo, el gobernador envió más fuerzas de la Guardia Civil al puesto de Gallur, por si tenían que acudir a Tauste.

Ni los Gonchas ni los Cuchos pudieron ir ese día al campo. Los piquetes los detuvieron y los mandaron de vuelta a casa.

Como los jóvenes no tenían nada que hacer, Ángel, después de comer, se fue a buscar a Antonio con el propósito de ir a ver la manifestación que habían convocado los obreros.

―Pero ¡adónde vais a ir vosotros! ―les riñó Carmen cuando le contaron sus planes.

―No digas nada a nadie de lo que pensamos hacer, capricho ―le pidió su novio―. Nos vamos como siempre a la Agraria y ya veremos después lo que hacemos. No te preocupes, luego te lo contamos.

Cuando salieron el pueblo parecía desierto. Eran las cuatro de la tarde y los comercios no habían abierto. Tenían miedo de que se produjeran altercados y preferían estar con las puertas cerradas. Había cuatro números de la Guardia Civil con un teniente haciendo guardia en la esquina Berroy, por donde iban a pasar la manifestación, y otros tantos en la puerta del ayuntamiento.

Ángel y Antonio, junto con varios de sus amigos, se colocaron en el Pasaje de San Pedro para verlo todo bien. Habían dicho que los huelguistas iban a entregar un escrito al alcalde y no querían perderse el momento. Además, si tenían que correr, por allí era más fácil escapar.

La marcha salió de los locales de la UGT y bajó hasta la calle de la Almenas. Pasó por la esquina Berroy y subió por la calle Germán hasta llegar a la Plaza. Iban cantando y dando vivas a la República ante las miradas de sus vecinos, que los contemplaban desde las aceras.

El trayecto trascurrió sin ningún incidente, excepto algún pequeño altercado, ya que los obreros se vieron en la necesidad de convencer a algunos comercios de que todavía no era la hora de abrir las puertas.

Desde donde estaban, los jóvenes podían ver y oír todo lo que decían. Por ello, cuando el alcalde bajó de su despacho y recibió el manifiesto de manos del presidente de la UGT, oyeron la respuesta; les dijo que les haría llegar sus condiciones a los labradores y les ordenó que se disolvieran y que no impidieran que los comercios abrieran.

―No sé para qué les dice eso. Nadie va a abrir las tiendas teniendo a toda esta gente por aquí ―susurró Ángel para que solo le oyeran sus amigos.

―Es verdad.

―¿Qué decían de «los buenos propietarios»? ¿Tú lo oíste?

―Sí, nombraba a unos cuantos que sí que están de acuerdo en ceder tierras: el cura, Castillo, Duaso y otros dos que no he oído.

En ese instante, los jóvenes vieron que salía un alguacil con varios sobres.

―Y ese, ¿a dónde va ahora? ―preguntó el Feo, que también estaba allí.

―No lo sé. Mirad, la gente ya se marcha. Creo que aquí nosotros tampoco hacemos nada ―comentó Ángel.

―¿Nos vamos? Pero ¿a dónde? El Casino y la Cámara están cerrados, y no creo que vayan a abrir hoy...

―Pues mejor nos acercamos a tu casa y así le contamos a Carmen todo lo que ha ocurrido.

Mientras los mozos se iban a sus cosas, el alcalde no perdió el tiempo y puso en conocimiento del gobernador las aspiraciones de los obreros e intentó reunir otra vez a los propietarios en el salón de plenos. La convocatoria iba en las cartas que llevaba el alguacil.

El gobernador, al saberlo, ordenó suspender esa reunión. Tenía miedo de que al saber los obreros que los propietarios iban a acudir al ayuntamiento, decidieran tomar alguna medida contra ellos. En su lugar, citó para el día siguiente, a las siete de la tarde, a una comisión de propietarios y otra de jornaleros en el consistorio de Gallur.

Al amanecer, Antonio se despertó intranquilo. Tampoco pudo ir a trabajar y su padre, imaginando lo que estaba pensando, le prohibió salir del pueblo. No quería que se fuera al pueblo vecino a ver lo que ocurría.

Todo Tauste se quedó a la expectativa. La Guardia Civil, igual que don Ángel, no dejó que los obreros se desplazaran a Gallur. El gobernador había dado orden de que las negociaciones se hicieran sin coacciones y ellos debían vigilar que eso fuera así.

Gracias a la previsión del gobernador, el acto se produjo sin ningún incidente y al final, después de muchas horas y negociaciones, se logró aprobar unas bases para poder regular los arrendamientos que satisficieran a todos y la huelga fue suspendida.

La noticia se supo a altas horas de la mañana del día 4 y, a partir de ese momento, no dejó de ser comentada por unos y por otros. Pero no fue hasta el domingo cuando las bases salieron publicadas en el Heraldo de Aragón. Tanto los jornaleros como los propietarios, después de leerlas, se quedaron pensando si eran ganadores o perdedores. Nadie parecía tenerlo muy claro…

―Antonio, ven y explícame a qué acuerdos llegamos en Gallur, que según los voy leyendo, me voy poniendo malo.

―No se ponga así, padre. Lo primero que dicen es que no le pueden quitar tierras a nadie que las trabaje para sí mismo, así que de lo nuestro no se pueden llevar nada.

―Pero ¿y de las arrendadas?

―Eso ya es otro cantar. Pone en las bases que habrá que compartirlas con los que justifiquen que necesitan trabajar la tierra para atender a sus necesidades. ¡Vamos, que se tendrán que repartir con los que demuestren que no tiene otra cosa para vivir!

―Y si no tienen nada, ¿con qué las van a trabajar? Y lo que tenemos sembrado, ¿quién se lo va a quedar? ¿Qué pasa con las tierras que ya están labradas y preparadas para echar la simiente?

―Padre, déjeme que siga leyendo. Dice que se respetarán los arriendos hasta que se levanten las cosechas y que una comisión valorará las labores que se hayan hecho. Los gastos que se originen por el parcelamiento se los cargarán al arrendatario.

―Déjalo, hijo. No me leas la noticia… Ya me canso de oírte. ¿Al final qué va a pasar?

―Pues creo, padre, que solo nos quitarán las tierras que tenemos del ayuntamiento. Las de Ramírez y Guallar no, porque nosotros somos llevadores y aquí no dice nada de eso.

―Bueno, démosle tiempo al tiempo y veremos qué pasa. Alguna cosa encontrarán para salirse con la suya. Esto así no va a quedar…

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